domingo, 10 de marzo de 2013

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68


Un Padre con corazón de madre
Lucas 15, 1-3, 11-32. Domingo 4to de Cuaresma. ¿Quién no se atreverá a volver a los brazos de un Padre infinitamente bueno y misericordioso como nuestro Dios?

Un Padre con corazón de madre

Del santo Evangelio según san Lucas 15, 1-3.11-32 
En aquel tiempo, se acercaban a Jesús todos los publicanos y los pecadores para oírle. Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este acoge a los pecadores y come con ellos. Jesús les dijo esta parábola: Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: "Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde." Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. «Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros." Y, levantándose, partió hacia su padre. «Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: "Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo." Pero el padre dijo a sus siervos: "Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado". Y comenzaron la fiesta. Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: "Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano." El se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: "Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!" Pero él le dijo: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado."
 

EL GOZO DE VOLVER”

“Recapacitar y volver a la casa del Padre Dios, quien perdonándonos sale a nuestro encuentro; para que vivamos siempre unidos en familia con Él”. 

El evangelio de la misericordia
Por todos es sabido que el evangelio de San Lucas es el evangelio de la misericordia. Lucas se ha esmerado en mostrarnos el rostro misericordioso de Dios a través de su hijo Jesucristo. El tema del perdón a los pecadores es muy bien desarrollado por San Lucas. El evangelista pone principal atención en hacernos ver a Dios como alguien dispuesto a perdonar hasta las últimas consecuencias. No es de extrañar, entonces, que en este tiempo cuaresmal se nos haga hincapié, por medio de la liturgia, en el perdón misericordioso de Dios.
La actitud del hijo menor es la que vemos con demasiada frecuencia en muchísima gente: quieren vivir su vida del mejor modo posible, pero al final terminan destruyendo todo y se quedan sin nada. Pedir “su parte de la hacienda” es para nosotros algo así como “déjame vivir mi vida”. El hijo menor quiere ser autosuficiente, no depender de nadie, y como un padre podía renunciar a sus bienes y repartir sus riquezas antes de morir (1 Re 1-2; Eclo 33, 19-23)[1], el hijo pródigo aprovecha la bondad de su padre y exige “su parte de la hacienda”. Pedirle la parte de la hacienda debe haber sido el error más grande que el hijo menor podría haber cometido. Pero de un error tan gran el padre saca una buena solución. Volver a tener a su hijo en casa y esta vez para siempre.
Jesús es un hombre tan lleno de vida y de amor que con esta parábola nos enseña como Dios mira las cosas. El perdón de Dios no solo es recibirnos de nuevo como si nada hubiese pasado, como si ningún mal se hubiera cometido. El perdón de Dios se expresa en el hecho de que nos acepta con nuestras debilidades. Perdonar para Dios no significa cegarse por el afecto, por el amor. No significa ser un tonto que acepta que le metan los dedos en los ojos. Perdonar es más que volver a recibir al otro, es aceptarlo así, con la cruz de sus pecados y pequeñeces. Cuando Dios perdona acepta la cruz que le ponemos encima. Perdonar es, para Dios, decirnos: ¡Poné tu peso en mí, que yo estoy para sostenerlo!
La misericordia de Dios se expresa en el perdón, se expresa en poner su hombro para nosotros, en estar sosteniéndonos para que no caigamos. ¿Qué otro sentido puede tener ver a ese padre misericordioso abrazando a su hijo que vuelve pordiosero? Cuando Dios perdona abraza al ser humano con brazos de madre y de padre. Nos cobija con amor de madre, nos recibe con cariño y entrañas de misericordia materna; pero al mismo tiempo, el abrazo de Dios es abrazo de padre, porque sostiene, porque levanta, porque corrige y nos pone de pie haciéndonos recuperar la dignidad perdida. Perdonar, en suma, es para Dios aceptar la cruz de sus hijos y cargarlos sobre sus espadas hasta que puedan ponerse de pié por sí solos.
Como a los Israelitas, de la primera lectura, del libro de Josué, Dios nos invita, en el perdón, a ponernos de pié, a no esperar las cosas de arriba (el maná de la primera lectura, o la herencia del evangelio) y a lograr las cosas por nosotros mismos. El gesto del padre misericordioso de vestir a su hijo (la ropa significa la dignidad de la persona), de darle el anillo (era el sello con el cual se firmaban las compras y ventas de toda la propiedad familiar), de ponerle las sandalias (los esclavos andaban descalzos, los hombres libres no); nos muestra que Dios nos quiere dignos, haciendo uso de nuestras capacidades y totalmente libres. Para Dios no hay esclavos, o mantenidos, hay hijos. Hijos que trabajan con Él. Hijos que obran de la misma manera que Él. Ya no nos hace falta que papá nos de la herencia, que son los bienes que acumuló con su trabajo y sudor, ahora hace falta que nosotros nos ganemos el pan diario (el maná ya no llueve, ahora hay que trabajar) y que seamos responsables de nuestras tareas (no hay herencia, hay coherencia de vida común).


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