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domingo, 24 de enero de 2021

El beso de Jesús, la historia de un párroco bendecido con un pequeño monaguillo



El protagonista de esta historia es un pequeño monaguillo que nos recuerda la importancia del encuentro diario con Cristo.

Cuando pasaron 6 meses luego de que  Don José Rodrigo López Cepeda fuera ordenado sacerdote, su obispo lo envió a dirigir la parroquia del  santuario de Santa  Orosia,  ubicada en los montes de Yebra de Basa del Pirineo aragonés (España). Don José sustituía a un sacerdote que llevaba allí más de 30 años como párroco.

Al principio la experiencia con esa comunidad fue algo dura porque la gente del lugar estaba acostumbrada a su antiguo párroco. Según cuenta el padre López Cepeda, “la tarea aunque fue ardua, fue fecunda y no habría tenido luego tanta fecundidad sin la ayuda de un pequeño llamado Gabriel”.

El pequeño Gabriel

Lo que ocurrió fue que a la segunda semana de llegar a aquel lugar, vino a su encuentro un matrimonio joven con su pequeño hijo. Tenía 8 años y padecía de una enfermedad degenerativa en los huesos, con problemas psicomotores evidentes.

Sus padres solicitaron al nuevo párroco que lo aceptara como monaguillo. En un principio, el sacerdote pensó en rechazarlo, no por ser un niño “especial”, sino por todas las dificultades con las que iniciaba su ministerio en aquel lugar.

Sin embargo, el sacerdote no pudo negarse a esta petición  porque al preguntarle al pequeño si quería ser su monaguillo, Gabriel no le respondió, se abrazó a su cintura lo que hizo que el párroco no pudiera resistirse. Pensó: “¡Menuda forma de convencerme!”.

Primera Misa con Gabriel

Así fue cómo le citó para el siguiente domingo quince minutos antes de la Eucaristía. Puntualmente allí se presentó Gabriel vestido con su pequeña sotana roja y el roquete que su abuela le había bordado para la ocasión.

“Su presencia me trajo más feligreses, pues sus familiares querían verlo estrenarse en su papel de monaguillo. Yo tenía que preparar todo lo necesario para la Eucaristía, no tenía sacristán ni campanero así que corría de un lado a otro y no fue sino hasta antes de iniciar la Misa que me percaté de que Gabriel nada sabía de cómo ayudar. Por la premura del tiempo, se me ocurrió decirle: Gabriel tienes que hacer todo lo que yo haga, ¿vale?”

Gabriel era un niño muy obediente, por lo que al iniciar la celebración y al besar el altar el pequeño se quedó prendado de él. Pronto el sacerdote comenzó a notar que durante la homilía los feligreses sonreían al mirarlo, lo que alegró el joven corazón del sacerdote, pero luego se dio cuenta que en realidad no lo miraban a él, sino a Gabriel que le seguía tratando de imitar en todos sus movimientos.

El beso

El padre cuenta que al terminar la Misa, le indicó qué era lo que tenía que hacer y qué no. Entre otras cosas le dijo que el altar solo podía besarlo él porque, con ese gesto, el sacerdote se une a Cristo. Gabriel lo miraba con sus grandes ojos interrogantes como si no llegara a entender por completo la explicación.

Pero, en ese momento y sin callarse lo que pensaba, el pequeño le dijo: “Anda, yo también quiero besarlo…” El sacerdote le volvió a explicar por qué no podía hacerlo y al final le dijo que solo él lo haría por los dos, algo que pareció dejar conforme al niño.

Él me besó a mí»

Al siguiente domingo al iniciar la celebración, el sacerdote besó el altar y notó que Gabriel ponía su mejilla en él. El niño no se despegaba del altar mientras mostraba una gran sonrisa en su pequeño rostro.

En ese momento el sacerdote le pidió que dejara de hacer aquello, y al terminar la Misa se encargó de recordarle lo indicado el domingo anterior: “Gabriel te dije que yo lo besaría por los dos”. Y él le respondió: “Yo no lo besé, él me beso a mí…”

El párroco, ya serio, le dijo: “Gabriel no juegues conmigo” pero el pequeño le respondió: “De verdad, me llenó de besos”.

La forma en que lo dijo le hizo sentir una santa envidia y al cerrar el templo y despedir a sus feligreses, el joven sacerdote se acercó al altar para poner su mejilla en él pidiéndole: “Señor, bésame como a Gabriel”.

Dejarse amar primero por Jesús

En su cuenta de Facebook el padre comparte esta historia de agradecimiento con el pequeño que le enseñó la importancia de dejarse amar primero por Jesús y a mantenerse unido y fiel a ese amor en los momentos difíciles.

Don José Rodrigo López Cepeda nos recuerda que el verdadero protagonista es Él.

“Aquel Niño me recordó que la obra no era mía y que ganar el corazón de aquel pueblo solo podía ser desde esa dulce intimidad con el Único Sacerdote que es Cristo. Desde entonces mi beso al altar es doble pues siempre después de besarlo pongo mi mejilla para recibir su beso”. “Acercar a otros al misterio de la Salvación nos llama a vivir a diario nuestro propio encuentro, y al igual que yo con mi querido monaguillo y maestro Gabriel, aprendí que antes de besar el altar de Cristo, tengo que ser besado por Él”.

Gabriel hoy tiene 25 años y vive en Yebra de Basa en el Pirineo. El padre López Cepeda reside ahora en México y desde 2010 no ha vuelto por España, pero la última vez que ha ido ha saludado a su amigo siendo ya un adolescente. A pesar de la distancia, mantienen el recuerdo de esta bonita historia en la que Cristo ha sido y siempre será el principal protagonista.

UNA HISTORIA QUE INSPIRA.

martes, 13 de enero de 2015

"Y La Verdad os Hara Libres"

Iban un día de paseo dos peces por el mar. Y un pez le dice al otro: -Oye, ¿ves esa lombriz? Pues fíjate: está col­gada de un hilo. Y en la punta del hilo hay una caña. Y esta caña está en manos de un hombre. Y ese hombre está esperando a que uno de nosotros se lance a por la lombriz, para engancharle, y a la sartén.

Y el otro, que se las daba de muy enterado, que no creía nada de lo que le decía su compañero: -Bueno, ¿y tú crees en el cuento de la sartén? ¡Pero si es un cuento de viejas! ¡Si eso lo contaba mi abuela! Yo, un pez moderno en el siglo de la técnica, ¿me voy a creer cuentos de viejas? ¿Quién ha vuelto de la sartén para contarlo? ¿No quieres la lombriz? ¡Tú te la pierdes! ¡Mía es!

Y ese pez «listillo», que no creía cuentos de viejas, que se reía de todo eso, se lanzó a por la lombriz, y lo engancharon y ¡a la sartén! Porque el cuento de la sartén no es mentira porque él diga que es mentira. Existe la sartén y los hombres que comemos pescado frito.

Como a el pez listo que terminó en la sarten, a algunos no les conviene creer en Dios porque la religión exige mucho. Los es­torba. Si creemos en Dios, nos obliga una moral, nos obliga una honradez, nos obliga una rectitud. Por no querer adaptar nuestra vida a la fe, tira­mos la fe por la borda. Decimos: «Yo no creo en Dios, y así vivo a mis anchas: hago lo que me da la gana, lo que me apetece, lo que me conviene. »

Y es que las verdades son muy antiguas. Hace mucho tiempo que dos y dos son cuatro. Y no por eso dejan de ser cuatro. Lo que es verdad lo fue ayer, lo es hoy y lo será mañana... Y el infierno que fue verdad para los abuelos será también ver­dad para los nietos. Las verdades dogmáticas no pasan con el tiempo. Son verdad siempre. La so­lución es cuestión de cien años. Cien años pasan pronto. Nos habremos enterado todos. Los que creemos nos encontraremos con lo que creemos y los que no creen se encontrarán que se han equi­vocado. Pero todos nos vamos a enterar, porque la muerte nos lo aclara todo.

lunes, 24 de septiembre de 2012

El Herrero y la Fragua


Es la historia de un herrero que se entregó a Dios. Durante muchos años trabajó con ahínco, practicó la caridad, pero, a pesar de toda su dedicación, nada parecía andar bien en su vida, muy por el contrario, sus problemas y sus deudas se acumulaban día a día.
Un amigo se compadeció de sus sufrimientos y expresó su extrañeza de que, sirviendo tan bien a Dios, sufriera tanto. El herrero contestó: "En este taller yo recibo el acero aún sin trabajar, y debo transformarlo en espadas. ¿Sabes tú cómo se hace esto? Primero caliento la chapa de acero a un calor infernal, hasta que se pone al rojo vivo; enseguida, sin ninguna piedad, tomo el martillo más pesado y le aplico varios golpes, hasta que la pieza adquiere la forma deseada; luego la sumerjo en un balde de agua fría, y el taller entero se llena con el ruido y el vapor, porque la pieza estalla y grita a causa del violento cambio de temperatura. Tengo que repetir este proceso hasta obtener la espada perfecta; una sola vez no es suficiente."
El herrero hizo una pausa y continuó: "Sé que Dios me está colocando en el fuego de las aflicciones. Acepto los martillazos que la vida me da, pero la única cosa que pienso es: Dios mío, no desistas, hasta que yo consiga tomar la forma que tú esperas de mí."

Respondemos entre todos:
1.    Reconstruimos el relato.
2.    ¿Qué le pasaba al herrero? ¿Qué hacía él con el acero?
3.    ¿Qué sentido tiene el dolor en mi vida?
4.    ¿Alguna vez tuve que hacer un sacrificio por alguien? ¿Cómo me sentí en ese momento? ¿Valió la pena? ¿Por qué?
5.    ¿Qué forma espera Dios conseguir de nosotros?
6.    ¿A qué somos capaces de renunciar por alcanzar lo que queremos? 
Damos ejemplos
  el herrero y la fragua” este soportaba el dolor de su vida para dejar que Dios lo moldeara como él hacía con el acero. Nosotros: ¿Qué soportamos por imitar a Cristo en el servicio al hermano? Podemos contar situaciones vividas por cada uno.

martes, 28 de agosto de 2012

EL MANZANO QUE QUERÍA SER ESTRELLA





El pequeño manzano contemplaba cada noche el majestuoso espectáculo estelar del cautivante cielo. Su imaginación volaba a años luz. Y de día suspiraba en la verde pradera. “¡Quién pudiera ser estrella!” Viendo a las aves ascender al cielo, les preguntaba: -¿Dónde duermen de día las estrellas? Las aves se sonreían. - No, pequeño manzano. Las estrellas están en el cielo día y noche, pero la gran luz del sol no nos permite divisarlas. Pero ahí están, en el infinito y gran cielo, siempre con luz. El pequeño manzano suspiraba en sus adentros: “¡Yo quiero ser estrella!” Al viento que movía sus ramas preguntó: -Dime: ¿las estrellas están fijas? ¿Es el cielo quien las mueve? -Las estrellas se desplazan recorriendo todo el firmamento y a una velocidad de vértigo –repuso el viento. El pequeño manzano, fijo con sus raíces en la tierra, suspiraba con más anhelo: “¡Yo quiero ser estrella!” El tiempo pasó, y el pequeño manzano creció. Sus raíces profundas, su tronco fornido, sus ramas frondosas. Y dio frutos abundantes y sabrosos. Seguía soñando, dormido y despierto: “¡Yo quiero ser estrella!” Un día de verano, contempló un espectáculo que le cambió la vida. Una familia, en vacaciones, se refugió bajo su copa buscando una apreciable sombra. En medio de la amena conversación, el padre de familia agitó violentamente el tronco del manzano. -¡Llueve manzanas, llueve manzanas! Risas generalizadas, y, en medio de juegos, todos saborearon una manzana. -¡Hum, qué rica! – comentaban al unísono. El manzano observaba aquella escena, tantas veces repetida en su historia personal. Pero vino la novedad. -¿Y quieren, pequeños, que les regale una estrella? -Papá, papá, de día no hay estrellas –quisieron corregir los más pequeños del grupo familiar. -¡Que se lo han creído ustedes! Les voy a regalar ahora mismo una preciosa y perfecta estrella. Se creó un clima de expectación en los chicos. El papá puso cara de interesante. La mamá sonreía. -Y van a ver una estrella muy cerca de ustedes. El manzano pensaba en sus adentros: “También los humanos sueñan como yo queriendo ser estrella”. El papá simulando a un mago exclamó: -¡Atención, por mi gran poder y magia, que ahora mismo, aquí, caiga una estrella! Entonces, el papá agitó el tronco de nuestro manzano, y cayó una vistosa manzana. Agarró un cuchillo y la cortó horizontalmente. -¡Vean, vean!
Al manzano le picó el gusanillo de la curiosidad. -¡Es verdad, qué preciosa, es una estrella! –exclamaron los pequeños. Al manzano se le removió toda su savia. ¡No lo podía creer! Tras el corte horizontal de una manzana, en su corazón, siempre se forma la imagen de una espléndida estrella.
Respondemos:
1.    ¿Cuál era el anhelo del manzano?
2.    ¿Qué acontecimiento le cambió la vida? ¿Qué descubrió?
3.    El manzano, ¿se ocupó más de admirar la “imagen”, lo “exterior” de las estrellas o, el descubrir su verdadero valor?
4.    ¿En qué consisten nuestros anhelos? Y si los hiciéramos realidad, ¿sabríamos qué hacer con ellos?
5.    ¿De qué manera nos ocupamos de “descubrir y avivar” nuestro ser interior?
6.    ¿Qué cosas buenas y lindas veo en mi interior??

miércoles, 27 de junio de 2012

LA ELECCIÓN DE VIVIR


LA ELECCIÓN DE VIVIR

Jerry era el tipo de persona que te encantaría odiar. Siempre estaba de buen humor y siempre tenía algo positivo que decir. Cuando alguien le preguntaba cómo le iba, él respondía “Si pudiera estar mejor, tendría un gemelo”. Él era un gerente especial porque tenía varias meseras que lo habían seguido de restaurante en restaurante. La razón porque las meseras seguían a Jerry era por su actitud.
El era un motivador natural: Si un empleado tenía un mal día, Jerry estaba ahí para decirle al empleado cómo ver el lado positivo de la situación. Ver este estilo realmente me causó curiosidad, así que un día fui a buscar a Jerry y le pregunté: -¿No lo entiendo? No es posible ser una persona positiva todo el tiempo… ¿Cómo lo haces? Jerry respondió: -“Cada mañana me despierto, saludo a Dios con una oración, le doy gracias por permitirme estar vivo un día más y me digo a mí mismo: Jerry, tienes dos opciones hoy, puedes escoger estar de buen humor o puedes escoger estar de mal humor. Escojo estar de buen humor. Cada vez que sucede algo malo, puedo escoger entre ser una víctima o aprender de ello. Escojo aprender de ello. Cada vez que viene alguien a mí para quejarse, puedo aceptar su queja o puedo señalarle el lado positivo de la vida. Escojo el lado positivo de la vida. “
-“Sí… claro… pero no es tan fácil” (protesté)  -“Sí lo es” dijo. -“Todo en la vida es acerca de elecciones. Cuando quitas todo lo demás, cada situación es una elección. Tú eliges cómo la gente afectará tu estado de ánimo. Tú eliges estar de buen humor o mal humor. En resumen: “TU ELIGES COMO VIVIR LA VIDA”. DIOS nos concedió ese Don”.
Reflexioné en lo que me dijo Jerry. Poco tiempo después, dejé la industria de restaurantes para iniciar mi propio negocio. Perdimos contacto, pero con frecuencia pensaba en Jerry cuando tenía que hacer una elección en la vida en vez de reaccionar a ella.
Varios años más tarde, me enteré que Jerry hizo algo que nunca debe hacerse en un negocio de restaurante. Dejó la puerta de atrás abierta una mañana y fue asaltado por 3 ladrones armados. Mientras trataba de abrir la caja fuerte, su mano temblando por el nerviosismo, resbaló de la combinación. Los asaltantes sintieron pánico y le dispararon.
Con mucha suerte, Jerry fue encontrado relativamente pronto y llevado de emergencia a una clínica. Después de 18hrs. de cirugía y semanas de terapia intensiva, Jerry fue dado de alta aun con fragmentos de bala en su cuerpo. Me encontré con Jerry 6 meses después del accidente y cuando le pregunté cómo estaba, me respondió: “Si pudiera estar mejor, tendría un gemelo”.
Le pregunté qué pasó por su mente en el momento del asalto. Contestó: -“Lo primero que me vino a la mente fue que debí haber cerrado con llave la puerta de atrás. Cuando estaba tirado en el piso recordé que tenía dos opciones: “Podía elegir vivir o podía elegir morir. Elegí vivir. -¿No sentiste miedo?, le pregunté. Jerry continuó: “Los médicos fueron geniales. No dejaban de decirme que iba a estar bien. Pero cuando me llevaron al quirófano y vi las expresiones en las caras de médicos y enfermeras, realmente me asusté… Podía leer en sus ojos “es hombre muerto”. Supe entonces que debía tomar acción. ¿Qué hiciste?, pregunté. -“Bueno… primero le di gracias a DIOS porque hasta ahora me había dejado vivir y le dije, quiero seguir viviendo pero que se haga tu voluntad, no la mía. Después uno de los médicos me preguntó si era alérgico a algo y respirando profundo grité ¡¡SI..!!, a las balas… Mientras reí les dije: “Estoy escogiendo vivir… opérenme como si estuviera vivo, no muerto y no se preocupen DIOS decide el resto.”
Jerry vivió sin lugar a duda gracias a DIOS, EL le dio maestría a los médicos para no fallar en la operación... y la asombrosa actitud y decisión de Jerry fue crucial.

viernes, 2 de diciembre de 2011

EL GRAN CARPINTERO


No hace mucho tiempo, dos hermanos que vivían en granjas adyacentes cayeron en un conflicto. Este fue el primer conflicto serio que tenían en 40 años de cultivar juntos hombro a hombro, compartiendo maquinaria e intercambiando cosechas y bienes en forma continua. Esta larga y beneficiosa colaboración terminó repentinamente. Comenzó con un pequeño malentendido y fue creciendo hasta llegar a ser una diferencia mayor entre ellos, hasta que explotó en un intercambio de palabras amargas seguido de semanas de silencio.
Una mañana alguien llamó a la puerta de Luis. Al abrir la puerta, encontró a un hombre con herramientas de carpintero. “Estoy buscando trabajo por unos días”, dijo el extraño, “quizás usted requiera algunas pequeñas reparaciones aquí en su granja y yo pueda ser de ayuda en eso”.
“Sí”, dijo el mayor de los hermanos, “tengo un trabajo para usted. Mire al otro lado del arroyo aquella granja, ahí vive mi vecino, bueno, de hecho es mi hermano menor. La semana pasada había una hermosa pradera entre nosotros y él desvió el cauce del arroyo para que quedara entre nosotros”.
“Bueno, él pudo haber hecho esto para enfurecerme, pero le voy a hacer una mejor. ¿Ve usted aquella pila de desechos de madera junto al granero?”
“Quiero que construya una cerca, una cerca de dos metros de alto, no quiero verlo nunca más”.
El carpintero le dijo: “Creo que comprendo la situación. Muéstreme dónde están los clavos y la pala para hacer los hoyos de los postes y le entregaré un trabajo que lo dejará satisfecho”.
El hermano mayor le ayudó al carpintero a reunir todos los materiales y dejó la granja por el resto del día para ir por provisiones al pueblo. El carpintero trabajó duro todo el día midiendo, cortando, clavando.
Cerca del ocaso, cuando el granjero regresó, el carpintero justo había terminado su trabajo.
El granjero quedó con los ojos completamente abiertos, su quijada cayó. ¡¡¡No había ninguna cerca de dos metros!!! En su lugar había un puente. ¡¡¡Un puente que unía las dos granjas a través del arroyo!! Era una fina pieza de arte, con todo y pasamanos.
En ese momento, su vecino, su hermano menor, vino desde su granja y abrazando a su hermano le dijo: “Eres un gran tipo, mira que construir este hermoso puente después de lo que he hecho y dicho”.
Estaban en su reconciliación los dos hermanos, cuando vieron que el carpintero tomaba sus herramientas. “No, espera. Quédate unos cuantos días. Tengo muchos proyectos para ti”, le dijo el hermano mayor al carpintero.
“Me gustaría quedarme”, dijo el carpintero, “pero tengo muchos puentes por construir”.
Responde:
1.    ¿Qué pasó entre los hermanos?
2.    ¿Qué hizo el hermano menor? ¿Qué quería hacer el hermano mayor?
3.    ¿Qué hace el carpintero? ¿Por qué desobedece la orden del hermano mayor?
4.    ¿Cómo reacciona el hermano menor?
5.    ¿Cómo termina la historia? ¿Qué enseñanzas nos deja?
6.    Nosotros: ¿Construimos puentes o cercas? Contamos situaciones vividas. 

sábado, 5 de febrero de 2011

LA VASIJA CON RAJADURAS

Cuenta la leyenda india que un hombre transportaba agua todos los días a su aldea usando dos grandes vasijas, sujetas en las extremidades de un pedazo de madera que colocaba atravesado sobre sus espaldas.

Una de las vasijas era más vieja que la otra, y tenía pequeñas rajaduras; cada vez que el hombre recorría el camino hasta su casa, la mitad del agua se perdía.

Durante dos años el hombre hizo el mismo trayecto. La vasija más joven estaba siempre muy orgullosa de su desempeño, y tenía la seguridad de que estaba a la altura de la misión para la cual había sido creada, mientras que la otra se moría de vergüenza por cumplir apenas la mitad de su tarea, aun sabiendo que aquellas rajaduras eran el fruto de mucho tiempo de trabajo.

Estaba tan avergonzada que un día, mientras el hombre se preparaba para sacar agua del pozo, decidió hablar con él:

-Quiero pedirte disculpas ya que, debido a mi largo uso, sólo consigues entregar la mitad de mi carga, y saciar la mitad de la sed que espera en tu casa.

El hombre sonrió y le dijo:

-Cuando regresemos, por favor observa cuidadosamente el camino.

Así lo hizo. Y la vasija notó que, por el lado donde ella iba, crecían muchas flores y plantas.

-¿Ves como la naturaleza es más bella en el lado que tú recorres? –comentó el hombre-. Siempre supe que tú tenías rajaduras, y resolví aprovechar este hecho. Sembré hortalizas, flores y legumbres, y tú las has regado siempre. Ya recogí muchas rosas para adornar mi casa, alimenté a mis hijos con lechuga, col y cebollas. Si tú no fueras como eres, ¿cómo podría haberlo hecho?
"Todos nosotros, en algún momento, envejecemos y pasamos a tener otras cualidades.
Es siempre posible aprovechar cada una de estas nuevas cualidades para obtener un buen resultado".
Este cuento nos trae a la memoria el refran "viejos son los trapos", por mas viejo que este una persona, sigue siendo una persona, y muchas veces con muchas mas cualidades que cualquier otra mas joven

sábado, 22 de enero de 2011

EN EL INTERIOR

Martín acababa de recibirse de médico. Su padre ejercía la misma profesión y su sueño era que su hijo trabaje a su lado, aprendiendo de su experiencia. Su madre había preparado una gran fiesta en la que no faltaba nadie, amigos, familiares, vecinos... Todo estaba muy bien, pero Martín tenía otros planes. Él había encontrado su misión: ir al interior, a un pueblo olvidado donde no había asistencia médica.

Brindis, música, risas, halagos... Martín no sabía cómo dar la noticia. En un momento, su padre, orgulloso, le entregó la llave de su consultorio. Martín tomó coraje y les comunicó su decisión.

Sus padres no comprendieron y trataron de disuadirlo, pero Martín permaneció firme en su elección.

Pasó mucho tiempo, Martín en el interior tuvo que enfrentar muchas dificultades. En algún momento pensó que hubiese sido más simple trabajar con sus padres y tener un futuro asegurado, pero la realidad le mostraba que era allí donde lo necesitaban y eso lo hacía feliz.

Un día llegó la noticia de que Martín se encontraba muy enfermo. Sus padres conmovidos decidieron ir a verlo. Entre lágrimas y alegrías se encontraron y se abrazaron. Grande fue la sorpresa cuando vieron la obra de su hijo, con qué vocación de servicio atendía, cómo lo querían y lo apreciaban los lugareños. Vieron también las necesidades que pasaba, lo solo que muchas veces se encontraba, aún así, lo vieron feliz.

Ahora comprendieron. Su padre dejó su orgullo herido de lado y decidió acompañar y compartir el trabajo de su hijo a pesar de la distancia.

Todo cambió. Desde ese momento, cada uno, desde su lugar, enriqueció al otro intercambiando consultas y experiencias. Se sintieron felices al estrechar sus lazos.

1. Reconstruimos el relato.

2. ¿Cuáles son las expectativas que tenemos con respecto a los que nos rodean? ¿Nos gusta tomar decisiones por los demás?

3. ¿Nos ha tocado renunciar a algo muy importante por ver feliz al otro? ¿Nos cuesta aceptar al otro tal cual es?

4. ¿Nos sentimos imprescindibles y necesarios? ¿Reconocemos que tenemos necesidad de los demás?

5. ¿Hemos descubierto cuál es nuestra misión? ¿A qué tenemos que renunciar para cumplirla?

6. ¿Aceptamos la de los demás? ¿Ponemos algún obstáculo en la realización de la misión de los demás?

7. ¿Cómo lograron Martín y su padre fortalecer la unidad? ¿Y nosotros?



sábado, 15 de enero de 2011

LA SEMBRADORA

Teníamos en el campo una vieja sembradora. Un largo cajón de chapa, pintado de colorado, descansaba sobre el eje que a intermitencias se conectaba con engranajes y otros artilugios que daban a los engranajes, la semilla caía dentro de unos tubos de hojalata articulados en forma de resortes.

De allí saltaba al pequeño surco que justo delante del tubo iban abriendo dos discos de hierro, para ser enseguida tapadas por la tierra que sobre ella tiraban dos patitas que venían más atrás.

En fin: una maravilla de aparato. Al menos así nos parecía a nosotros los niños, para quienes todo lo que fuera mecánica y engranajes nos fascinaba. Sobre todo nos admiraba ver a los mayores que, en los días anteriores a la siembra, armaban y desarmaban bujes, engrasaban ejes y estiraban correas con una sabiduría que nosotros contemplábamos absortos. La sincronización de tantos elementos, que nosotros no lográbamos entender, nos parecía casi cosa de magia. Realmente la sembradora era una gran máquina. Podía sembrar el algodón en surcos equidistantes y en cada surco las plantas guardaban la distancia justa unas con otras. Cuando los mayores insistían en que la máquina ya era vieja y no rendía el trabajo, nosotros los pequeños no entendíamos el por qué.

Pero un año el algodón anduvo muy bien. En casa se hablaba de renovar las herramientas. Y un día vino un señor a hablar de negocios. A la semana en el patio apareció una sembradora nueva, distinta de la que conocíamos, recién pintada. La admiramos pero no la entendimos. Y con la llegada de la nueva, la vieja máquina de cajón y engranajes fue desarmada. Los fierros fueron a parar detrás del galpón, donde se amontonaron con otros similares y diferentes que procedían de los instrumentos más variados. Las ruedas y el eje se vendieron a un vecino. Y el largo cajón se llevó al gallinero, donde terminó siendo el cobijo para las ponedoras. Fue el único identificable de la vieja máquina que seguimos viendo aún por varios años.

La experiencia del derrumbe de nuestra vieja amiga de infancia podría haberme hecho perder el cariño y la fe por los algodonales si no fuera porque los seguía viendo surgir año a año de nuevo en los campos. Porque la verdad del algodón no dependía de la sembradora. Esta había sido simplemente un vehículo para poner en relación las dos cosas verdaderamente importantes: la tierra y la semilla. La verdad del algodonal descansaba en la fertilidad de la tierra y en la fecundidad de la semilla.

Mamerto Menapace, publicado en Madera Verde, Editorial Patria Grande.

Respondemos, entre todos, las siguientes preguntas:

1. ¿Por qué admiraban los niños a la vieja sembradora?

2. ¿Qué hicieron con la vieja sembradora cuando llegó la nueva?

3. ¿Cuál de las dos sembradoras era más importante? ¿Por qué?

4. ¿Por qué el autor de la historia no perdió el cariño y la fe por los algodonales?

5. ¿Quién fue la persona que actuó de “vehículo” para mi encuentro con Jesús y su Palabra? ¿Supe agradecerle? ¿De qué manera?

6. Cuando escucho a alguien predicar la Palabra de Dios: ¿Me importa más su forma de vida o lo que está diciendo? ¿Por qué?

sábado, 8 de enero de 2011

CINCUENTA POR CIENTO

Nasrudin fue arrestado y conducido al tribunal bajo la acusación de haber metido carne de caballo en las albóndigas de pollo que servía en su restaurante.

Antes de pronunciar sentencia, el Juez quiso saber en qué proporción mezclaba la carne de caballo con la de pollo. Y Nasrudin, bajo juramento, respondió:

“- Al cincuenta por ciento, Señoría”.

Después del juicio, un amigo le preguntó a Nasrudin qué significaba exactamente lo del “cincuenta por ciento”.

Y Nasrudin le dijo:

“- Un caballo por cada pollo”.

Para responder:

1. ¿Hay otras maneras de entender las palabras de Nasrudín?

2. Nasrudín: ¿Decía la verdad o mentía?

3. ¿Qué significa ser una persona de Palabra? Para nosotros: ¿vale mucho tener Palabra?

4. ¿Qué significa vivir la vida? ¿Por qué?

5. ¿Qué relación tienen palabra y vida?

6. ¿Cómo interpretamos la frase: “No importa tanto lo que decimos como lo que hacemos”?

7. ¿Qué nos convierte en personas verdaderas o falsas? ¿Cuándo nuestras palabras son falsas o verdaderas? ¿Nuestra vida es verdadera o falsa?

sábado, 18 de diciembre de 2010

“SUSTANTIVOS Y ADVERBIOS”:

Hace varios años, una maestra fue contratada para visitar a niños internados en un gran hospital de la ciudad. Su tarea era guiarlos en sus deberes a fin de que no estuvieran muy atrasados cuando pudieran volver a clases.
Un día, esta maestra recibió una llamada de rutina pidiéndole que visitara a un niño en particular. Tomó el nombre del niño, el del hospital y el número de la habitación, y la maestra del otro lado de la línea le dijo:
-Ahora estamos estudiando sustantivos y adverbios en clase. Le agradecería si lo ayudara con sus deberes, así no se atrasa respecto de los demás.
Hasta que la maestra no llegó a la habitación del niño no se dio cuenta de que se hallaba ubicada en la unidad de quemados del hospital. Nadie la había preparado para lo que estaba a punto de descubrir del otro lado de la puerta.
Antes de que le permitieran entrar, tuvo que ponerse un delantal y una gorra esterilizada por la posibilidad de infección. Le dijeron que no tocara el niño ni la cama. Podía mantenerse cerca pero debía hablar a través de la máscara que estaba obligada a usar. Cuando por fin terminó de lavarse y se vistió con las ropas prescriptas, respiró hondo y entró en la habitación.
El chiquito, horriblemente quemado, sufría mucho a ojos vista. La maestra se sintió incómoda y no sabía qué decir, pero había llegado demasiado lejos como para darse la vuelta e irse. Por fin pudo tartamudear:
- Soy la maestra del hospital y tu maestra me mandó para que te ayudara con los sustantivos y los adverbios.
Después, le pareció que no fue una de sus mejores sesiones.
A la mañana siguiente, cuando volvió, una de las enfermeras de la unidad de quemados le preguntó:
- ¿Qué le hizo a ese chico?
Antes de que pudiera terminar una sarta de disculpas, la enfermera la interrumpió diciendo:
- No me entiende. Estábamos muy preocupados por él, pero desde que vino usted ayer toda su actitud cambió. Está luchando, responde al tratamiento... Es como si hubiera decidido vivir.
El propio niño le explicó luego que había abandonado completamente la esperanza y sentía que iba a morir, hasta que vio a esa maestra especial. Todo había cambiado cuando se dio cuenta de algo. Con lágrimas de felicidad en los ojos, el chiquito tan gravemente quemado que había dejado de lado toda esperanza, lo expresó así:
- No le habrían enviado una maestra para trabajar con los sustantivos y los adverbios a un chico agonizante, ¿no le parece?
La esperanza es el factor preponderante que mantiene viva la llama que desarrolla nuestros proyectos. Si se pierde la esperanza de algo, se pierde la motivación y todo lo referente a ello parece no tener sentido. No resulta entonces difícil imaginarse lo que ocurriría si se pierde la esperanza de vivir. Todo parece derrumbarse, y la voluntad nada puede hacer porque está paralizada por la sensación de "sin sentido". Es una situación terrible que puede acarrear consecuencias también terribles. Pero basta una pequeña palabra de esperanza para despertar todos los sentidos, para movilizar todo aquello que se hallaba paralizado. Porque se le comienza a encontrar a la vida un significado fundamental, que va dando respuestas a muchas preguntas sobre la existencia, sobre el ser.
Es importante mantener viva la esperanza de un mañana. Es importante la certeza de que mañana también está la vida... Si mañana tenemos "sustantivos y adverbios", eso significa que hay... un mañana. Y se renueva entonces la motivación de seguir adelante en búsqueda del más preciado tesoro: LA FELICIDAD...

1.      ¿Nuestro pueblo tiene ESPERANZA? ¿Se puede vivir sin ESPERANZA?

jueves, 2 de diciembre de 2010

“CÓMO SE ABRIÓ EL SENDERO”:

En el Jornalinho, de Portugal, encuentro una historia que nos enseña mucho respecto a aquello que escogemos sin pensar:

Un día, un becerro tuvo que atravesar un bosque virgen para volver a su pastura. Siendo animal irracional, abrió un sendero tortuoso, lleno de curvas, subiendo y bajando colinas.

Al día siguiente, un perro que pasaba por allí usó ese mismo sendero para atravesar el bosque. Después fue el turno de un carnero, líder de un rebaño, que, viendo el espacio ya abierto, hizo a sus compañeros seguir por allí.

Más tarde, los hombres comenzaron a usar ese sendero: entraban y salían, giraban a la derecha, a la izquierda, descendían, se desviaban de obstáculos, quejándose y maldiciendo, con toda razón. Pero no hacían nada para crear una nueva alternativa.

Después de tanto uso, el sendero acabó convertido en un amplio camino donde los pobres animales se cansaban bajo pesadas cargas, obligados a recorrer en tres horas una distancia que podría haber sido vencida en treinta minutos, si no hubieran seguido la vía abierta por el becerro.

Pasaron muchos años y el camino se convirtió en la calle principal de un poblado y, posteriormente, en la avenida principal de una ciudad. Todos se quejaban del tránsito, porque el trayecto era el peor posible.

Mientras tanto, el viejo y sabio bosque se reía,
al ver que los hombres tienen la tendencia a seguir como ciegos
el camino que ya está abierto,
sin preguntarse nunca si aquélla es la mejor elección.

jueves, 28 de octubre de 2010

El largo camino hacia la libertad

Manuel había sido siempre un “rebelde”, el típico chico que quiere hacer su voluntad sin importarle transgredir las normas o reglas que la convivencia con otras personas nos imponen. Para Inés, madre soltera, no había sido fácil educar, corregir y contener a este hijo de temperamento indomable. Muchas eran las horas que tenía que trabajar para poder darle una vida digna.

Había pasado el tiempo y Manuel se había convertido en un muchacho con ganas de hacer su vida sin que nadie le pusiera límites ni pesadas obligaciones. El documento de identidad marcaba su mayoría de edad y era hora de hacer uso de su tan ansiada libertad. Fue así cómo tras conseguir un trabajo de medio día, consolidó su autonomía económica y comenzó a malgastar su juventud en salidas nocturnas, malas compañías y desenfrenos en vicios como el alcohol y apuestas. Muchos fueron los buenos consejos de su madre y súplicas para que recapacitara, pero Manuel no escuchaba, él era dueño de su libertad.

Así fue cómo una noche después de salir de una bailanta, hubo entre sus amigos y un grupo de maleantes una espantosa pelea. La furia y la fatalidad quisieron que uno de los jóvenes muriera.

La vida no había sido muy grata para Inés, pero ahora cambiaba. Su tan querido hijo, involucrado en un crimen que no había cometido, estaba detenido. Nada podía hacer. Comenzó así un largo peregrinar entre abogados y juzgados, pero parecía que todo era inútil. Su hijo no volvería a casa por mucho tiempo...

La tristeza, la angustia, la desesperación, el cansancio, el insomnio, la soledad... nada impidió que Inés bajara los brazos en la lucha. Su objetivo era claro: que hicieran justicia con su hijo. Un hijo revoltoso y obstinado no era sinónimo de malhechor y mucho menos de asesino.

Su fe en Dios y su corazón de madre la llevaron a seguir golpeando puertas; largas cadenas de oración la acompañaban en este peregrinar tan desafortunado y doloroso. Todos los domingos visitaba a Manuel transmitiéndole fuerza y esperanza para sostenerlo y alentarlo. Fue en la celda sombría y en soledad donde Manuel comprendió y valoró el don de la vida que Dios con tanto amor le regalaba.

Pasó mucho tiempo, las peticiones y súplicas al buen Dios tuvieron la respuesta que Inés con tanta humildad y paciencia esperaba. El caso de Manuel pasaba a otro juzgado, el expediente comenzaba a ser estudiado, sin burócratas, sin abogados corruptos que entorpecieran el camino. La tan ansiada libertad de Manuel, la verdadera libertad, empezaba a ser una realidad.

sábado, 3 de julio de 2010

somos enviados a nuestros hermanos con la misión de evangelizar; para que, compartamos la alegría de la FE con ellos”.

Cuando la misión parroquial había comenzado, las personas que se acercaron para misionar eran muchas, con el tiempo las cosas cambiaron y fueron quedando pocos misioneros. Salían todos los sábados por la mañana y visitaban, de dos en dos, los hogares del barrio.
Al principio la gente los recibía de mala manera. Las excusas eran siempre: no tengo tiempo, no me interesa, yo ya se todo eso, etc.… A pesar de esto, por la perseverancia y la dedicación de los misioneros, empezaron a verse los frutos deseados.
Las personas abrían sus puertas y recibían el mensaje. Muchos comenzaron a ir a la Iglesia, a mandar a sus hijos al catecismo o a los grupos parroquiales, se reunían a orar y compartían más tiempo juntos.
Los misioneros estaban muy contentos con los frutos de su tarea, pero más lo estaban porque sentían que ellos mismos habían aprendido mucho del Señor y que la gracia de Dios, por estas visitas, reconfortaba su corazón.

sábado, 27 de marzo de 2010

AL ENCUENTRO CON JESÚS


 Elena, todos los días, se dirigía a la capilla del pueblo para rezar el Rosario de las siete de la tarde. Era muy puntual y nunca faltaba.
Te digo más: cuando se atrasaba porque las cosas de la casa o la cena la ocupaban más de lo acostumbrado, iba corriendo por la calle para llegar a tiempo.
Tan rápido hacía las cosas para cumplir con el horario de su oración que, muchas veces, trataba mal a la gente en la fila del mercado o caminaba atropellando a los demás. Si algún mendigo le pedía una moneda en la puerta de la capilla, ni lo miraba; estaba tan apurada que entraba veloz como un rayo.
Un día, “le pasaron todas”. Se peleó con el almacenero, porque tardó mucho en hacer la cuenta de las cosas que había comprado; atropelló a una señora que tenía la bolsa llena de papas y caminaba lentamente, y, por último, le dio vuelta la cara a unos chicos que se le acercaron para pedirle unos pesos para comprar leche.
En su propia casa, las cosas no anduvieron mejor. Uno de sus hijos le pidió ayuda para hacer una tarea; como se imaginan, le dijo que se la arreglara solo. El marido, que había llegado muy cansado de trabajar, tuvo la ocurrencia de conversar un rato con ella, mientras tomaban unos mates; lo dejó plantado con la pava de agua caliente en el patio.
A pesar de todos esos “obstáculos”, salió de su casa, llegó a la capilla casi, casi a tiempo... y se encontró con que estaba cerrada.
¡Cómo puede ser! Le dio una rabia.
Se metió por un pasillo lateral que bordeaba la casa parroquial, pero, nada. Todo estaba cerrado. Volvió a ir por la entrada principal y, precisamente allí, vio que en la puerta del templo había un cartelito, clavado con una chinche, que decía:
- “También estoy entre tus hermanos. Jesús”.

sábado, 13 de febrero de 2010

Relato del Listón Azul


Una profesora universitaria inició un nuevo proyecto entre sus alumnos. A cada uno les dio cuatro moños de color azul, todos con la leyenda "Eres importante para mí", y les pidió que se pusieran uno. Cuando todos lo hicieron, les dijo que eso era lo que ella pensaba de ellos. Luego les explicó de qué se trataba el experimento: tenían que darle un listón a alguna persona que fuera importante para ellos, explicándoles el motivo y dándole los otros listones para que ellos hicieran lo mismo. El resultado esperado era ver cuanto podía influir en las personas ese pequeño detalle. Todos salieron de esa clase platicando a quién darían sus listones. Algunos mencionaban a sus padres, a sus hermanos o a sus novios. Pero entre aquellos estudiantes, había uno que estaba lejos de casa. Este muchacho había conseguido una beca para esa universidad y al estar lejos de su hogar, no podía darles ese listón a sus padres o sus hermanos. Pasó toda la noche pensando a quién daría ese listón. Al otro día muy temprano tuvo la respuesta. Tenía un amigo, un joven profesionista que lo había orientado para elegir su carrera y muchas veces lo asesoraba cuando las cosas no iban tan bien como él esperaba.

Saliendo de clases se dirigió al edificio donde su amigo trabajaba. En la recepción pidió verlo. A su amigo le extrañó, ya que el muchacho lo iba a ver después de que él salía de trabajar, por lo que pensó que algo malo estaba sucediendo. Cuando lo vio en la entrada, sintió alivio de que todo estuviera bien, pero a la vez le extrañaba el motivo de su visita. El estudiante le explicó el propósito de su visita y le entregó tres moños, le pidió que se pusiera uno y le dijo que al estar lejos de casa, él era el más indicado para portarlo. El joven ejecutivo se sintió halagado, no recibía ese tipo de reconocimientos muy a menudo y prometió a su amigo que seguiría con el experimento y le informaría de los resultados. El joven ejecutivo regresó a sus labores y ya casi a la hora de la salida se le ocurrió una arriesgada idea: Le quería entregar los dos moños restantes a su jefe. El jefe era una persona huraña y siempre muy atareada, por lo que tuvo que esperar que estuviera "desocupado". Cuando consiguió verlo, su jefe estaba inmerso en la lectura de los nuevos proyectos de su departamento, la oficina estaba repleta de reconocimientos y papeles. El jefe sólo gruñó "¿Qué desea?" El joven ejecutivo le explicó tímidamente el propósito de su visita y le mostró los dos moños. El jefe, asombrado, le preguntó "¿Por qué cree usted que soy el más indicado para tener ese moño?". El joven ejecutivo le respondió que él lo admiraba por su capacidad y entusiasmo en los negocios, además que de él había aprendido bastante y estaba orgulloso de estar bajo su mando. El jefe titubeó, pero recibió con agrado los dos moños, no muy a menudo se escuchan esas palabras con sinceridad estando en el puesto en el que él se encontraba. El joven ejecutivo se despidió cortésmente del jefe y, como ya era la hora de salida, se fue a su casa.

El jefe, acostumbrado a estar en la oficina hasta altas horas, esta vez se fue temprano a su casa. En la solapa llevaba uno de los moños y el otro lo guardó en la bolsa de su camisa. Se fue reflexionando mientras manejaba rumbo a su casa. Su esposa se extrañó de verlo tan temprano y pensó que algo le había pasado, cuando le preguntó si pasaba algo, él respondió que no pasaba nada, que ese día quería estar con su familia. La esposa se extrañó, ya que su esposo acostumbraba llegar de mal humor. El jefe preguntó "¿Dónde está nuestro hijo?", la esposa sólo lo llamó, ya que estaba en el piso superior de la casa. El hijo bajó y el padre sólo le dijo "Acompáñame". Ante la mirada extrañada de la esposa y del hijo, ambos salieron de la casa. El jefe era un hombre que no acostumbraba gastar su "valioso tiempo" en su familia muy a menudo. Tanto el padre como el hijo se sentaron en el porche de la casa. El padre miró a su hijo, quien a su vez lo miraba extrañado. Le empezó a decir que sabía que no era un buen padre, que muchas veces se perdió de aquellos momentos que sabía eran importantes. Le mencionó que había decidido cambiar, que quería pasar más tiempo con ellos, ya que su madre y él eran lo más importante que tenía. Le mencionó lo de los moños y su joven ejecutivo. Le dijo que lo había pensado mucho, pero quería darle el último moño a él, ya que era lo más importante, lo más sagrado para él, que el día que nació, fue el más feliz de su vida y que estaba orgulloso de él. Todo esto mientras le prendía el moño que decía "Eres importante para mí". El hijo, con lágrimas en los ojos le dijo: "Papá, no sé que decir, te confieso que pensaba suicidarme porque pensé que no te importaba. Te quiero papá, perdóname..." Ambos lloraron y se abrazaron. El experimento de la profesora dio resultado, había logrado cambiar no una, sino varias vidas, con solo expresar lo que sentía. Ese es el poder de uno... Expresar lo que sientes y darle valor a los detalles de la gente que te ama.

sábado, 16 de enero de 2010


El árbol que pudo volar


Había una vez, al principio de todo, una semilla del árbol “Ciudad de los pájaros” que cayó en el suelo. Se dio un gran golpe y la lluvia, que era mucha, se convirtió en río y la semillita, medio ahogada, viajó con el río hasta un hermoso lugar donde las aguas la depositaron. Hundiéndose en el barro, la semillita, como todas las semillas, empezó a echar raíces y a crecer con los nutrientes de la tierra. Su tallo se hizo fuerte y la sabia pasaba a raudales hacia las ramas. La monotonía de la vida de árbol no le quitaba la satisfacción de disfrutar de la vida, el sol, el viento, el frío y el calor. Pero lo que más le agradaba era verse convertida en la casa de los pájaros. Ellos vivían a montones en sus ramas, allí sus polluelos crecían. El árbol los conocía a cada uno por su nombre, los vio nacer, crecer y ser padres de otros polluelos. Conocía las alegrías y las tristezas de cada pajarillo. También los grandes pájaros vivían en sus ramas. Como una gran ciudad, el árbol tenía ramas para todos. Si alguien se sentía incómodo el árbol estiraba sus ramas para darle más lugar. En verano hacía que sus hojas fueran lo suficientemente grandes como para dar sombra a todos “sus” pajaritos. Tan linda era la vida en ese árbol que hasta los animales silvestres quisieron vivir a su sombra, empezaron a cavar sus madrigueras entre sus raíces y disfrutaban todos del cobijo del gran vegetal.

Pasaron los años, y un día, gruesos nubarrones mostraron que arreciaba el temporal… la lluvia venía de las montañas, el río había crecido demasiado y amenazaba con desbordarse. El árbol, la “casa” de todos, estaba en peligro. Los animales se reunieron y deliberaron qué es lo que había que hacer. ¿Muros, defensas? ¡Muy tarde, no tenemos tiempo! ¿Desviar el río? ¡Jajaja, me están tomando el pelo, dijo el cóndor! Solo una solución había y todos decidieron que era la única posibilidad… pero, ¿El árbol querría?

- Arbolito querido, dijo la pajara más vieja, queremos salvarte de la fuerza del río. Solo tenemos una única oportunidad. ¡Llevarte unos metros más arriba!

El árbol estremeció sus ramas al pensar lo que esto implicaba.

- Pero, preguntó, ¿cómo haremos eso?

- No será fácil, dijo el búho, pero lo haremos.

El plan era simple de pensar, pero difícil de hacer. Todas las aves del monte se aferrarían al árbol con sus patas y batirían sus alas para hacerlo volar, los quirquinchos cavarían debajo de sus raíces para aflojar la tierra y así libre, el árbol sería cambiado de lugar. Las vizcachas se encargaban de hacer un pozo en una tierra fértil donde el árbol volvería a ser la casa de todos.

Con el consentimiento del árbol la “operación traslado” empezó. Los quirquinchos empezaron a cavar y, aunque lo hacían con cuidado, sus garras rompieron algunas raíces del árbol, este sufría en silencio para no apesumbrar ni detener a sus amigos. Las aves aferradas firmemente a las ramas hacían toda la fuerza posible tratando de elevar al árbol. El árbol sentía como la fuerza de las aves luchaban contra sus raíces aferradas al suelo. La tensión era fuerte y pensó que su tronco se rompería en dos, partiéndose al medio. Los quirquinchos seguían con su tarea. “-¡el río se desborda!, decían los pájaros de mal agüero, asustando a todos”. En medio de la lluvia los intentos de los animales se hacían cada vez más difíciles… parecía que no se podría levantar al árbol.

El búho, pensativo, habló con los quirquinchos y decidió conversar con el árbol:

- Mira, le dijo, no llegamos a tiempo. Los quirquinchos dicen que tus raíces están muy profundas y no las liberaran antes de que desborde el río. ¡No sabemos que hacer!

El árbol, reflexionando, respondió:

- ¡Que los quirquinchos corten mis raíces! ¡Que los pájaros hagan fuerza con sus alas!

Así se hizo. Los quirquinchos empezaron a masticar las raíces del árbol que temblaba de dolor. Las aves aferradas a él movían sus alas con fuerza. A los pocos minutos empezaron a levantarlo. Las raíces empezaron a romperse y el árbol alzó vuelo. Unos metros más arriba las vizcachas ya habían cavado un gran pozo para que el árbol fuera depositado allí.

Al final, las aves dejaron al árbol en su nuevo lugar. Este estaba casi muerto. Con el tiempo sus hojas cayeron y creían que se moriría sin remedio. Maltrecho y sin fuerzas, parecía no recuperarse.

Al pasar los días y gracias al cuidado de sus amigos del monte, que le llevaban las más fértiles tierras y cavaron una acequia para que tuviera agua constante, el árbol empezó a recuperarse. La “casa de todos” volvió a ser el hogar de una multitud de animales. Por todo el monte se comentaba la gran “hazaña” de los animales y el árbol; los árboles del bosque le enseñaban a sus semillitas:

- “A veces hay que romper las raíces para volar a la vida”.

domingo, 6 de diciembre de 2009

CUENTOS PARA ADVIENTO


"PAULITA SE PREPARA PARA NAVIDAD"

Todos los años, al aproximarse la fiesta de Navidad, acontecía algo especial en Paulita.
Cuenta su mamá:
"Cuatro semanas antes de Navidad, Paulita dice adiós a sus juguetes y se transforma en una niñita tan obediente que encanta. Pero con la llegada del año nuevo vuelve a ser la niña de siempre".
Admirada, la madre contempla estos cambios tan bruscos. Ni ella, ni el papá y ninguno de los amiguitos más íntimos de la pequeña saben dar explicación a ese hecho extraño. Solamente Dios conoce su secreto.
Cuando Paulita tenía cinco años, su abuela le contó que el Niño Jesús había nacido tan pobre que no tenía como otros niños, una cunita calentita, sino que lo habían dejado en un frío establo, en pleno invierno. Lágrimas de compasión corrieron por las mejillas de la niña: ¡Pobre Niñito Jesús, sin colchón, sin abrigo! ...¡ y Jesús era el Hijo de Dios!.. ¿Qué se podía hacer?.
- ¿No te gustaría ofrecerle una camita blanda y frazadas abrigadas?
- le preguntó con interés la abuelita.
- ¡Cuánto me gustará abuelita!... Pero, ¿ cómo puedo hacer yo todo eso?
- Escucha. Cada sacrificio que hagas será una pluma para la 1 y para el colchoncito de Jesús, y cada oración una hebra para las sabanitas. Faltan cuatro semanas para el nacimiento.
Todavía tú puedes, en este tiempo, prepararle una camita calentita.
Este fue el secreto que Paulita guardó con mucho cariño y que nunca olvidó.
Cuando la mamá colocaba la Corona de Adviento en el comedor y encendía la primera de las cuatros velas, Paulita comenzaba a juntar plumitas y a fabricar hilos para la camita del Niño Jesús. Al principio esto no fue fácil, pues no podía encontrar nada, no sabía qué sacrificios podía hacer.
Un día, durante el juego, Antonia, una de sus compañeras, para molestarla le dio un fuerte pelotazo en la espalda, y cuando Paulita estaba a punto de pagar con la misma moneda, oyó en su interior una vocecita que le decía: "No tires la pelota a Antonia, soporta el dolor por Mí. Has un sacrificio".
“Ahora - pensó Paulita - ahora ¡sí Señor!, estas son tus plumitas, los sacrificios para el Niño Jesús".
No tiró la pelota y así recogió la primera pluma que guardó en su corazón, en un cofrecito celestial.
Aquella misma tarde cuando su madrina le dio un chocolate, ella ya sabía que ese chocolate tenía que ser cambiado por una plumita para el colchón del Niño Jesús. En vez de comérselo, se lo dejó en el bolsillo del abrigo de su hermanito. Al día siguiente ayudó a su mamá llevando un canasto de ropa al lavadero y allí trabajó con ella toda la mañana, tanto que su mamá quedó admirada y la besó suavemente. Todo se transformaba en plumas para el pesebre: dulces, sacrificios y oraciones.
En la tercera semana de Adviento, cuando se encendió la tercera velita, Paulita ya había juntado treinta y nueve plumitas.
"¿Bastarán?", reflexionó... Como no sabía si treinta y nueve plumas serían suficientes para hacer un colchón, sacó calladita el colchón de la muñeca de su hermana y fue al sótano. Allí, con toda calma, abrió una de las costuras y sacó treinta y nueve plumas. Pero quedó desilusionada al ver el pequeñísimo montón. No había juntado ni la mitad de lo que necesitaba. Tan poca cosa no bastaría para calentar al Niñito Jesús, al Hijo de Dios. "No importa", pensó, y con un suspiro puso otra vez las plumas en el colchón.
Desde ese momento la dominaba un solo pensamiento: "¡Más plumas!¡Necesito juntar más plumas, si no el querido Niño Jesús pasará frió!".
¡Cómo se esforzaba la niña! Vivía atenta sin perder ninguna ocasión de hacer un sacrificio. Durante este tiempo ella fue la más amable de las compañeras, la más servicial, especialmente frente aquellas que no le gustaban, y hasta hubiera sido capaz de decirles que hicieran cualquier cosa para así tener la ocasión de juntar otra plumita.
¿Comprenden ahora por qué en cada Adviento Paulita deja de lado sus juguetes? Su tesoro secreto crecía siempre más. El Niño Jesús, ¿no debería tener también sabanitas? En la cama de Paulita había dos y además la abuela le había enseñado cómo hacerlas. Cada vez que rezara, sería una hebra de hilo para las sábanas del Niño Jesús. Ahora Paulita agregó a las oraciones de la mañana y de la noche un Ave María, y cuando miraba el cuadro que colgaba en la paed, sobre la cama, pensaba: "Mi corazón es sólo de Jesús".
En el camino a la escuela cuando pasaba por la iglesia, se encontraba con una imagen de la Virgen y el Niño Jesús en brazos. Paulita vio que las flores estaban allí muy marchitas. Desde ese día llevó todas las mañanas un ramo de flores a la iglesia y lo dejó a los pies de la Santísima Virgen. Después, rezó todas las oraciones que se sabía de memoria, recordando que cada una sería hebra de hilo para las sabanitas de su querido Jesús.
Finalmente llegó la Navidad, la hermosa Nochebuena. Paulita estaba arrodillada muy cerca del pesebre, en una dulce conversación con el Niño Jesús:
“Estás recostado sobre paja, pero en mi corazón, querido Jesús, hay muchas plumitas para calentarte. Tengo dos sabanitas para cubrirte. Ven Niño Jesús, ven a mi corazón; te va a gustar la camita calentita y blandita que te he preparado”.
Y el Niño Jesús entró alegremente en el corazón de Paulita.