viernes, 13 de junio de 2014

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

Evangelio Jn 3, 16-18

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.

Dijo Jesús: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios”.

Palabra del Señor.

                                                               “LA COMUNIDAD DE DIOS”

“Revalorizar, a la luz de la Santísima Trinidad, nuestra capacidad de vivir en comunidad; para que, nos amemos como Dios nos ha amado”

16 Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.

Afirma la primera carta del apóstol Juan en el capítulo 4, versículo 8: “Dios es amor”. En este versículo 16 del evangelio de Juan que estamos leyendo se nos muestra a Dios, que es “amor”, amando. Dios ama, pero ama en demasía, porque nos dice “Dios amó tanto…”. Jesús lo muestra como una verdad irrefutable, para él es innegable ese amor rebosante de derroche que Dios tiene por el mundo, es decir, por nosotros. 

La manera de amar de Dios le lleva, como a todo aquel que ame de verdad, a “entregar”. ¿Y qué entrega Dios? Entrega lo más grande y más querido que tiene, entrega a su propio “Hijo único”. Dios dona su amor en el Hijo, con una intencionalidad que, fruto del amor, es totalmente generosa. Dios no saca nada para él de esta entrega, todo el bien que se produce por la entrega de Jesús es en beneficio nuestro. La entrega de Jesús produce vida, y Vida eterna. 

17 Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

Mientras sigamos viendo a Dios como un perverso burócrata escondido tras su escritorio siempre nuestra mirada tendrá el defecto de visualizarlo como un Dios que juzga. Lo imaginaremos como alguien que está al acecho de nuestras incapacidades y equivocaciones. Será el inspector que viene a ver si hemos realizado la tarea a tiempo y forma. Nada de esto está cerca de la realidad. Dios no anda cuidando los mínimos detalles de nuestras acciones, Dios anda recogiendo lo que dejamos tirado, arreglando lo que rompemos, casi como una madre con sus hijitos, nada más que Dios no pierde la paciencia. La salvación divina nos es entregada por Jesucristo y a través de él nos llega la Vida en abundancia, la Vida eterna.

18 El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Fíjese usted lo único que, podríamos decirlo así, Dios exige al ser humano: CREER. Y para los que siempre está mirando el pelo en la sopa, Dios exige creer porque, como decía san Agustín, “el Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, Dios no quiere monigotes ni títeres, quiere amigos, gente que tome decisiones con libertad, personas capaces de involucrarse con su propio destino, que en realidad es una promesa. Por eso la exigencia de la FE. Dios nos ha creado libres y así nos quiere. Si consentimos con la fe al mensaje de la revelación la salvación se hará realidad en nuestras vidas porque, como dice Jesús: “¡ha creído en el nombre del Hijo único de Dios!”.
“El hecho de que el Hijo ha sido enviado al mundo es lo que pone a todos los que oyen el mensaje en una situación de decisión de la que no pueden evadirse: tienen que optar entre la aceptación en la fe de la oferta de la salvación, o su rechazo”

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