domingo, 6 de septiembre de 2009

PALABRA DEL XXIII DGO DURANTE EL AÑO (06-09-09)


X Lectura del santo Evangelio según san Marcos 7, 31-37
Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis.
Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: «Efatá», que significa: «Abrete.» Y en seguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente.
Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración, decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»
Palabra del Señor.
Reflexión

Lo fundamental de este relato, es ver a través del milagro, la presencia salvadora de Dios. Es la "fe" del que solicita la imposición de manos a Jesús, la que hace el milagro.

El estado del sordo es de opresión, de desesperanza, pero su fe y la de sus acompañantes hace posible que Jesús lo haga pasar de esa opresión infranqueable a la liberación y plenitud de vida.

La narración del milagro, nos muestra el camino por el cual se produce el milagro, nos invita a la fe, ya que para Dios no hay nada imposible.

Una persona que no escucha a Dios ni al prójimo porque está encerrada en su egoísmo y sólo le preocupan sus cosas, tiene una ¨sordera¨ más grave aún que la sordera de orden físico.

Cuando esa persona se encuentra con Cristo y descubre que es capaz de escuchar a los demás, se produce un ¨milagro¨ tan extraordinario como el que narra el evangelio de hoy, aún cuando no sea visible para otros.

Jesús puede realizar con nosotros el milagro de devolvernos la capacidad de escuchar. Se dice que no hay peor sordo que el que no quiere oír, y este refrán tiene mucho que ver con el Evangelio de hoy, porque la verdadera sordera es la sordera del corazón, de la que sufrimos muchas veces.

Vivir sin escuchar a los otros nos sirve muchas veces como mecanismo de defensa para no comprometernos con la realidad. Esa sordera nos lleva a vivir encerrados dentro de muros impenetrables aún cuando convivamos con muchas personas durante todo el día.

Para escuchar al otro, se necesita:

Primero, "querer" escuchar y además requiere dejar que los demás "se expresen", porque si no se expresan no podemos escucharlos, es difícil escuchar a un mudo.

Escuchar es mucho más que poner la oreja, es ponerse en el lugar del otro, sentir lo que siente, hacer propio su problema.

Cuántas veces en nuestra familia, nos hablan y respondemos mecánicamente una y otra vez. Creamos un ambiente con un simulacro de diálogo, habla ahora uno, ahora otro, cuando en realidad las palabras son como música de fondo, no escuchamos.

Realmente Jesús puede liberarnos de nuestra sordera para realmente escuchar al otro y no como la mayoría de las veces, escucharnos en el otro. Si realmente nos cura, podremos tratar de entender los puntos de vista del que nos habla, su forma de ver las cosas, sus motivos, sus sentimientos.

En el evangelio de hoy también Jesús devuelve la capacidad de hablar. Es común encontrar ¨mudos¨ que tienen una enorme cantidad de talentos para dar y para darse a la comunidad pero que no se animan a hablar.

También en ese terreno hay milagros, y son muchos los que después de encontrarse con Cristo deciden ponerse al servicio de los demás en alguna actividad parroquial. Son muchos los que se encuentran con Jesús y su Espíritu los mueve a salir de sí mismos para ir hacia los otros y comunicar la Buena Noticia del Evangelio.

Pero hablar no es decir cualquier cosa, cuando Jesús nos devuelve el habla, nos la devuelve para que podamos reaccionar cuando vemos algo injusto, intervenir y expresar nuestras ideas con madurez.

Antes dijimos que hay que tener disposición para dejar que los demás se expresen, y cuidemos esto, porque muchas veces nos parecemos a esas familias que se alegran cuando el niño comienza a hablar, y festejan sus palabras y sus medias palabras, pero cuando ese mismo niño llega a las adolescencia se horrorizan o incluso impiden que hable, porque no gusta escuchar lo que dice, las ideas que tiene, que a veces no coinciden con las de los padres.

Cuando Jesús nos devuelve el don de hablar, es para expresar valientemente nuestra fe, nuestros puntos de vista, para denunciar las injusticias

Jesús hoy nos invita a recuperar el poder de la palabra para expresarnos con madurez y responsabilidad y el poder de escuchar, para que no solamente nos expresemos nosotros, sino que también escuchemos y respetemos la palabra de los otros.

Jesús, es nuestro ejemplo. Él fue solidario para escuchar el clamor de los que sufrían y valiente para expresarse ante autoridad y pueblo. Jesús era un hombre de pueblo como nosotros y supo hacerlo, "pudo" hacerlo.

Nuestro compromiso es pedirle a Dios que nos libere de nuestra sordera y de nuestra mudez y podamos establecer entre los hombres un diálogo maduro para construir una sociedad solidaria.

Dice Michel Quoist

Los hombres necesitan hablar, pero son pocos hombres compañeros acogedores y dispuestos para sus hermanos, pues pocos se olvidan por completo de sí mismos para escuchar a los demás.

Hablar con otro es ante todo escuchar, y pocos saben hacerlo, pues pocos están vacíos de sí mismos, y su "yo" hace ruido.

¿Estás inquieto, preocupado y se presenta alguien que quiere hablarte?

Despréndete con dulzura de tus preocupaciones, el mal humor, el nerviosismo y ofrécelos al Señor. Entonces quedarás libre para escuchar.

Si sabes escuchar, muchos irán a hablarte. Muéstrate atento, silencioso, recogido. Tal vez, aún antes de que pronuncies una palabra constructiva, el otro se habrá ido feliz, liberado, iluminado. Pues lo que de un modo inconsciente esperaba no era un consejo, una receta debida, sino alguien en quien apoyarse.

Si debes responder, no pienses qué decir mientras el otro habla, pues ante todo necesita atención, luego vendrán las palabras. Después, confía en el Espíritu Santo, lo que llega primero, no es el fruto de un razonamiento, sino el fruto de la gracia.

Sólo se producirá auténtico diálogo si haces en ti, un profundo silencio, un silencio religioso para acoger al otro, pues en él y por él, Dios llega a ti.

Pidamos al Señor que nos libere, para hablar y escuchar a Dios en nuestros hermanos.

Ignorando mi vida,
golpeado por la luz de las estrellas,
como un ciego que extiende,
al caminar, las manos en la sombra,
todo yo, Cristo mío,
todo mi corazón, sin mengua, entero,
virginal y encendido, se reclina
en la futura vida, como el árbol
en la savia se apoya, que le nutre
y le enflora y verdea.
Todo mi corazón, ascua de hombre,
inútil sin tu amor, sin ti vacío,
en la noche te busca;
le siento que te busca, como un ciego
que extiende, al caminar, las manos llenas
de anchura y de alegría. Amén.

Sembrar la Misma Semilla


Jeremías 1: 10 = Mira que te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y para destruir, para arruinar y para derribar, para edificar y para plantar.
Tres precisiones muy concretas nos da este verso:
1)- Ningún creyente ha sido puesto bajo esclavitud de ningún gobernante de ninguna nación de la tierra, así como tampoco, en el ámbito espiritual, lo será de ningún reino. Y cuando digo reino tengo presente al satánico y al religioso, pero también al animal y vegetal. De este último, especialmente, de donde derivan las esclavitudes a las drogas y al alcohol. Este texto nos dice que estamos por SOBRE todo eso.
2)- Dice que está puesto para arrancar, destruir, arruinar y derribar. Entendemos, pero hará todo esto...¿Con qué? ¿Que es lo que hay que arrancar, destruir, arruinar y derribar? ¿Acaso el mundo? No. La palabra no es para el mundo, es para la iglesia. Lo que hay que arrancar, destruir, arruinar y derribar, es la estructura, el sistema, las tradiciones y hasta los status religiosos en la denominada "iglesia" de su tiempo.
3)- Le agrega, en el final, que deberá edificar y plantar. ¿Estará hablando de edificar nuevos templos y plantar, que es arraigar, nuevas denominaciones nacidas de un descontento que pueda estar conviviendo con las existentes? Cristo nunca hizo eso. Él edificó vidas maduras a partir de la espada de la palabra y plantó un evangelio del que casi nadie se acuerda hoy y del que casi no se predica tal cual Él lo hizo. Arrepiéntete; el Reino de los Cielos se ha acercado. Hoy hemos edificado sistemas evangelísticos variados, a partir del evangelismo "explosivo", del testificar, del sistema de las cuatro verdades, o del nuevo nacimiento, pero hemos dejado de lado el evangelio que Cristo predicaba, como la seguridad de que quien puede convertir a las almas es el Espíritu Santo, con convicción y poder, y no la inteligencia o la estrategia de los hombres.
Para esto, ninguno de nosotros necesita otro mandato que no sea el del Señor para salir y abrir nuestras bocas. Y el Señor ya nos lo dio desde la Biblia, cuando nos envía a hacerlo hasta el último confín de la tierra para que entonces sí, pueda venir el fin. ¿Lo estamos haciendo o seguimos esperando autorizaciones humanas de hombres que fuera de todo respaldo bíblico, se arrogan la potestad de decidir si lo haces o no lo haces, conforme a sus visiones o conveniencias personales?

sábado, 5 de septiembre de 2009

El Té Por: Marc E. Boillat de Corgemont Sartorio

Un importante catedrático universitario se encontraba últimamente en extraños estados de ánimo: se sentía ansioso, infeliz y si bien creía ciegamente en la superioridad que su saber le proporcionaba, no estaba en paz consigo mismo ni con los demás. Su infelicidad era tan profunda cuan su vanidad. En un momento de humildad había sido capaz de escuchar a alguien que le sugería aprender a meditar como remedio a su angustia. Ya había oído decir que el zen era una buena medicina para el espíritu.

En su región vivía un excelente maestro y el profesor decidió visitarle para pedirle que le aceptara como estudiante.

Una vez llegado a la morada del maestro, el profesor se sentó en la humilde sala de espera y miró alrededor con una clara -aunque para él imperceptible- actitud de superioridad. La habitación estaba casi vacía y los pocos ornamentos sólo enviaban mensajes de armonía y paz. El lujo y toda ostentación estaban manifiestamente ausentes.

Cuando el maestro pudo recibirle y tras las presentaciones debidas, el primero le dijo: "permítame invitarle a una taza de té antes de empezar a conversar". El catedrático asintió disconforme. En unos minutos el té estaba listo. Sosegadamente, el maestro sacó las tazas y las colocó en la mesa con movimientos rápidos y ligeros al cabo de los que empezó a verter la bebida en la taza del huésped. La taza se llenó rápidamente, pero el maestro sin perder su amable y cortés actitud, siguió vertiendo el té. El líquido rebosó derramándose por la mesa y el profesor, que por entonces ya había sobrepasado el límite de su paciencia, estalló airadamente tronando así: " ¡ Necio ! ¿ Acaso no ves que la taza está llena y que no cabe nada más en ella ?". Sin perder su ademán, el maestro así contestó: "Por supuesto que lo veo, y de la misma manera veo que no puedo enseñarte el zen. Tu mente ya está también llena".

Madre Teresa de Calcuta (1910-1997) SU VIDA.


“De sangre soy albanesa. De ciudadanía, India. En lo referente a la fe, soy una monja Católica. Por mi vocación, pertenezco al mundo. En lo que se refiere a mi corazón, pertenezco totalmente al Corazón de Jesús”. De pequeña estatura, firme como una roca en su fe, a Madre Teresa de Calcuta le fue confiada la misión de proclamar la sed de amor de Dios por la humanidad, especialmente por los más pobres entre los pobres. “Dios ama todavía al mundo y nos envía a ti y a mi para que seamos su amor y su compasión por los pobres”. Fue un alma llena de la luz de Cristo, inflamada de amor por Él y ardiendo con un único deseo: “saciar su sed de amor y de almas” .

Esta mensajera luminosa del amor de Dios nació el 26 de agosto de 1910 en Skopje, una ciudad situada en el cruce de la historia de los Balcanes. Era la menor de los hijos de Nikola y Drane Bojaxhiu, recibió en el bautismo el nombre de Gonxha Agnes, hizo su Primera Comunión a la edad de cinco años y medio y recibió la Confirmación en noviembre de 1916. Desde el día de su Primera Comunión, llevaba en su interior el amor por las almas. La repentina muerte de su padre, cuando Gonxha tenía unos ocho años de edad, dejó a la familia en una gran estrechez financiera. Drane crió a sus hijos con firmeza y amor, influyendo grandemente en el carácter y la vocación de si hija. En su formación religiosa, Gonxha fue asistida además por la vibrante Parroquia Jesuita del Sagrado Corazón, en la que ella estaba muy integrada.

Cuando tenía dieciocho años, animada por el deseo de hacerse misionera, Gonxha dejó su casa en septiembre de 1928 para ingresar en el Instituto de la Bienaventurada Virgen María, conocido como Hermanas de Loreto, en Irlanda. Allí recibió el nombre de Hermana María Teresa (por Santa Teresa de Lisieux). En el mes de diciembre inició su viaje hacia India, llegando a Calcuta el 6 de enero de 1929. Después de profesar sus primeros votos en mayo de 1931, la Hermana Teresa fue destinada a la comunidad de Loreto Entally en Calcuta, donde enseñó en la Escuela para chicas St. Mary. El 24 de mayo de 1937, la Hermana Teresa hizo su profesión perpétua convirtiéndose entonces, como ella misma dijo, en “esposa de Jesús” para “toda la eternidad”. Desde ese momento se la llamó Madre Teresa. Continuó a enseñar en St. Mary convirtiéndose en directora del centro en 1944. Al ser una persona de profunda oración y de arraigado amor por sus hermanas religiosas y por sus estudiantes, los veinte años que Madre Teresa transcurrió en Loreto estuvieron impregnados de profunda alegría. Caracterizada por su caridad, altruismo y coraje, por su capacidad para el trabajo duro y por un talento natural de organizadora, vivió su consagración a Jesús entre sus compañeras con fidelidad y alegría.

El 10 de septiembre de 1946, durante un viaje de Calcuta a Darjeeling para realizar su retiro anual, Madre Teresa recibió su “inspiración,” su “llamada dentro de la llamada”. Ese día, de una manera que nunca explicaría, la sed de amor y de almas se apoderó de su corazón y el deseo de saciar la sed de Jesús se convirtió en la fuerza motriz de toda su vida. Durante las sucesivas semanas y meses, mediante locuciones interiores y visiones, Jesús le reveló el deseo de su corazón de encontrar “víctimas de amor” que “irradiasen a las almas su amor”. “Ven y sé mi luz”, Jesús le suplicó. “No puedo ir solo”. Le reveló su dolor por el olvido de los pobres, su pena por la ignorancia que tenían de Él y el deseo de ser amado por ellos. Le pidió a Madre Teresa que fundase una congregación religiosa, Misioneras de la Caridad, dedicadas al servicio de los más pobres entre los pobres. Pasaron casi dos años de pruebas y discernimiento antes de que Madre Teresa recibiese el permiso para comenzar. El 17 de agosto de 1948 se vistió por primera vez con el sari blanco orlado de azul y atravesó las puertas de su amado convento de Loreto para entrar en el mundo de los pobres.

Después de un breve curso con las Hermanas Médicas Misioneras en Patna, Madre Teresa volvió a Calcuta donde encontró alojamiento temporal con las Hermanitas de los Pobres. El 21 de diciembre va por vez primera a los barrios pobres. Visitó a las familias, lavó las heridas de algunos niños, se ocupó de un anciano enfermo que estaba extendido en la calle y cuidó a una mujer que se estaba muriendo de hambre y de tuberculosis. Comenzaba cada día entrando en comunión con Jesús en la Eucaristía y salía de casa, con el rosario en la mano, para encontrar y servir a Jesús en “los no deseados, los no amados, aquellos de los que nadie se ocupaba”. Después de algunos meses comenzaron a unirse a ella, una a una, sus antiguas alumnas.

El 7 de octubre de 1950 fue establecida oficialmente en la Archidiócesis de Calcuta la nueva congregación de las Misioneras de la Caridad. Al inicio de los años sesenta, Madre Teresa comenzó a enviar a sus Hermanas a otras partes de India. El Decreto de Alabanza, concedido por el Papa Pablo VI a la Congregación en febrero de 1965, animó a Madre Teresa a abrir una casa en Venezuela. Ésta fue seguida rápidamente por las fundaciones de Roma, Tanzania y, sucesivamente, en todos los continentes. Comenzando en 1980 y continuando durante la década de los años noventa, Madre Teresa abrió casas en casi todos los países comunistas, incluyendo la antigua Unión Soviética, Albania y Cuba.

Para mejor responder a las necesidades físicas y espirituales de los pobres, Madre Teresa fundó los Hermanos Misioneros de la Caridad en 1963, en 1976 la rama contemplativa de las Hermanas, en 1979 los Hermanos Contemplativos y en 1984 los Padres Misioneros de la Caridad. Sin embargo, su inspiración no se limitó sólamente a aquellos que sentían la vocación a la vida religiosa. Creó los Colaboradores de Madre Teresa y los Colaboradores Enfermos y Sufrientes, personas de distintas creencias y nacionalidades con los cuales compartió su espíritu de oración, sencillez, sacrificio y su apostolado basado en humildes obras de amor. Este espíritu inspiró posteriormente a los Misioneros de la Caridad Laicos. En respuesta a las peticiones de muchos sacerdotes, Madre Teresa inició también en 1981 el Movimiento Sacerdotal Corpus Christi como un“pequeño camino de santidad” para aquellos sacerdotes que deseasen compartir su carisma y espíritu.

Durante estos años de rápido desarrollo, el mundo comenzó a fijarse en Madre Teresa y en la obra que ella había iniciado. Numerosos premios, comenzando por el Premio Indio Padmashri en 1962 y de modo mucho más notorio el Premio Nobel de la Paz en 1979, hicieron honra a su obra. Al mismo tiempo, los medios de comunicación comenzaron a seguir sus actividades con un interés cada vez mayor. Ella recibió, tanto los premios como la creciente atención “para gloria de Dios y en nombre de los pobres”.

Toda la vida y el trabajo de Madre Teresa fue un testimonio de la alegría de amar, de la grandeza y de la dignidad de cada persona humana, del valor de las cosas pequeñas hechas con fidelidad y amor, y del valor incomparable de la amistad con Dios. Pero, existía otro lado heroico de esta mujer que salió a la luz solo después de su muerte. Oculta a todas las miradas, oculta incluso a los más cercanos a ella, su vida interior estuvo marcada por la experiencia de un profundo, doloroso y constante sentimiento de separación de Dios, incluso de sentirse rechazada por Él, unido a un deseo cada vez mayor de su amor. Ella misma llamó “oscuridad” a su experiencia interior. La “dolorosa noche” de su alma, que comenzó más o menos cuando dio inicio a su trabajo con los pobres y continuó hasta el final de su vida, condujo a Madre Teresa a una siempre más profunda unión con Dios. Mediante la oscuridad, ella participó de la sed de Jesús (el doloroso y ardiente deseo de amor de Jesús) y compartió la desolación interior de los pobres.

Durante los últimos años de su vida, a pesar de los cada vez más graves problemas de salud, Madre Teresa continuó dirigiendo su Instituto y respondiendo a las necesidades de los pobres y de la Iglesia. En 1997 las Hermanas de Madre Teresa contaban casi con 4.000 miembros y se habían establecido en 610 fundaciones en 123 países del mundo. En marzo de 1997, Madre Teresa bendijo a su recién elegida sucesora como Superiora General de las Misioneras de la Caridad, llevando a cabo sucesivamente un nuevo viaje al extranjero. Después de encontrarse por última vez con el Papa Juan Pablo II, volvió a Calcuta donde transcurrió las últimas semanas de su vida recibiendo a las personas que acudían a visitarla e instruyendo a sus Hermanas. El 5 de septiembre, la vida terrena de Madre Teresa llegó a su fin. El Gobierno de India le concedió el honor de celebrar un funeral de estado y su cuerpo fue enterrado en la Casa Madre de las Misioneras de la Caridad. Su tumba se convirtió rápidamente en un lugar de peregrinación y oración para gente de fe y de extracción social diversa (ricos y pobres indistintamente). Madre Teresa nos dejó el ejemplo de una fe sólida, de una esperanza invencible y de una caridad extraordinaria. Su respuesta a la llamada de Jesús, “Ven y sé mi luz”, hizo de ella una Misionera de la Caridad, una “madre para los pobres”, un símbolo de compasión para el mundo y un testigo viviente de la sed de amor de Dios.

Menos de dos años después de su muerte, a causa de lo extendido de la fama de santidad de Madre Teresa y de los favores que se le atribuían, el Papa Juan Pablo II permitió la apertura de su Causa de Canonización. El 20 de diciembre del 2002 el mismo Papa aprobó los decretos sobre la heroicidad de las virtudes y sobre el milagro obtenido por intercesión de Madre Teresa.

EVANGELIO DEL DIA. ( 05-09-09)

† Lectura del santo Evangelio según san Lucas (6, 1-5)

Gloria a ti, Señor.

Un sábado, Jesús iba atravesando unos sembrados y sus discípulos arrancaban espigas al pasar, las restregaban entre las manos y se comían los granos. Entonces unos fariseos les dijeron:“¿Por qué hacen lo que está prohibido hacer en sábado?”

Jesús les respondió:

“¿Acaso no han leído lo que hizo David una vez que tenían hambre él y sus hombres? Entró en el templo y tomando los panes sagrados, que sólo los sacerdotes podían comer, comió de ellos y les dio también a sus hombres”.

Y añadió: “El Hijo del hombre también es dueño del sábado”.

Palabra del Señor.

Col 1,21-23: “Dios los ha reconciliado para hacerlos santos
Sal 53: Dios es mi auxilio
Lc 6,1-5: ¿Por qué hacen en sábado una cosa prohibida?

Según la tradición judía, el sábado es un día sagrado dedicado al descanso, porque Dios descansó ese mismo día al terminar su creación (Gn 2,2-3). El descanso iba desde el viernes por la tarde hasta el atardecer del sábado. Para asegurarse de su estricto cumplimiento, los maestros de la Ley elaboraron una lista con treinta y nueve clases de trabajos prohibidos en sábado. La Ley permitía tomar algunas espigas al pasar por el campo de un vecino (Dt 23,25), pero estaba prohibido hacerlo en sábado. Los discípulos de Jesús, al igual que los compañeros de David, tienen una razón de peso para transgredir la Ley: tienen hambre. No hay vida plena con hambre. Dios, que está a favor de la vida, también está a favor de los que luchan para que nadie muera de hambre en el mundo. En tiempos de Jesús los poderosos justificaban con la ley del sábado el hambre de la gente; hoy, son los intereses económicos, la carrera armamentista, la indiferencia global, los que siguen negando un plato de comida a gran parte de la humanidad. Ninguna ley, ningún interés particular, ninguna razón, puede justificar o legitimar el hambre en el mundo. Jesús es Señor del sábado porque es el Señor de la Vida. Y nunca fue indiferente al hambre de las multitudes (véase, por ejemplo, Mt 14,13-22; 15,32-38).

VictorinoBta. Teresa de Calcuta

viernes, 4 de septiembre de 2009

La Eucaristía, fuente de Santidad

D. Juan Antonio REIG PLA, Obispo de Segorbe-Castellón
Introducción
Permitidme que empiece recordando entre nosotros al que ha recibido el encargo de confirmarnos en la fe, al Papa Juan Pablo II (aplausos), y lo recuerde con todo el aprecio y el cariño de quien como padre va guiándonos y discerniendo lo que el Espíritu Santo quiere regalar en este momento de la historia a sus hijos. La imagen que me viene es una de las lecturas que escuchamos hace poco en la Liturgia. El Papa como un padre está repitiendo lo que en un momento determinado de la historia Yahveh hace con Israel o con Efraim. Como un padre a sus hijos ha ido atrayendo a cada uno de los nuevos movimientos y atrayéndoos a vosotros con lazos de amor. Esto ha promovido que allí donde el Señor nos ha querido plantar y edificar en la Iglesia nos sintamos todos y cada uno, especialmente vosotros, como aquellos que ganados por el amor de Dios, quieren dejarse conducir por la fuerza arrolladora del Espíritu Santo para aportar todo lo que Dios os regale a la edificación de la única Iglesia de Cristo. El Papa va haciendo como padre y en 1998 en la Plaza de San Pedro dijo: 'Éste es el nuevo Pentecostés, la nueva Primavera de la Iglesia que anunciaba el Papa Juan XXIII cuando convocó el Concilio Vaticano II. Vosotros sois la primavera de la Iglesia, el Nuevo Pentecostés (Aplausos). Y en las palabras que nos decía a todos los presentes, recordaba que éste es el momento en que después de un tiempo de purificación y de un largo caminar como Israel por el desierto el Señor está regalando la madurez a los nuevos movimientos.
La santidad es Dios
Y la madurez no tiene otra palabra que la que se me pide que comente esta mañana: la santidad. La santidad es lo que está reclamando esta generación y reclamarán todas las generaciones en cualquier momento de la historia. La santidad, hermanos, es Dios mismo. No es una palabra abstracta, es la vida de Dios. Es alguien que vive al interior de sí mismo, la comunión de las Personas en el Dios tres veces Santo, el Misterio en el interior de Sí mismo en la Santísima Trinidad, es la vida misma de Dios. Por eso, Dios abre el corazón suyo y nos quiere regalar a todos su misma vida, de tal manera que participemos de la misma naturaleza del Señor y seamos hijos suyos como lo es Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado en el seno purísimo de la Santísima Virgen por obra del Espíritu Santo.
Es muy importante que retengamos bien esta primera reflexión: la Santidad es Dios, porque sólo Tú eres santo, sólo Tú Señor, decimos en el cántico del Gloria. Y Él que abrió su Corazón para crear todas las cosas, puso al hombre y a la mujer en el vértice de la creación dándoles su imagen y su semejanza. Por eso en el corazón llevamos todos grabada la vocación, la llamada de Dios al amor, que, siendo participación de su vida, nos hace santos. La caridad, que es la palabra con que nosotros queremos expresar la vida misma de Dios, en griego agape, en latín cáritas, en castellano caridad, es el mismo que viene como gracia a nosotros, no por mérito nuestro sino por acción gratuita suya; porque nos quiere con un amor inmenso y, por tanto, nos quiere regalar su misma vida. Y de ahí la presencia de la vida de Dios en nosotros, que llamamos gracia y que tiene un nombre: el Espíritu Santo derramado en nuestros corazones; y de ahí fluirán como un río del manantial todos los frutos, que serán después del don de la vida de Dios, lo que llamamos el quehacer, el obrar, lo que llamamos la santidad que brota de una vida que no nos pertenece, que Dios nos ha regalado sin mérito ninguno.
El obstáculo a la santidad
Hay un óbstáculo a lo que estoy diciendo. Es lo que desencadenó una historia de amor de parte de Dios y una historia de infidelidad por parte nuestra. El principal obstáculo que cierra las puertas a la gracia de Dios es el pecado. El pecado siempre entra en nosotros por aquél que siendo el engañador y padre de la mentira nos seduce, presentándonos el mal revestido de bien, de tal manera que anida en nuestro corazón la perversión misma de nuestra voluntad que nos viene a colocar de espaldas a Dios. Esto ya ocurrió en la primera página del Génesis, y es lo que estará continuamente impidiendo que la santidad, la vida de Dios se manifieste en nosotros. Por eso una de las características de los nuevos movimientos, que al calor de lo que regala el Espíritu Santo van surgiendo en la Iglesia, es que os regala a todos y a cada uno la convicción, y esto es la obra del Espíritu Santo, de que somos pecadores. Primero, el que está hablando; luego, cada uno de vosotros. El Espíritu Santo convencerá al mundo de pecado (Jn 16,8), y éste es el primer don, porque quien no se reconoce pecador, quien no se reconoce enfermo, no se sumará a la fila de aquellos que siendo pobres, menesterosos y pecadores irán a buscar en el que es la misma santidad el alivio, el consuelo y la sanación de toda su persona, cuerpo y espíritu. Porque Él es el médico que viene a buscar a los pecadores para regalarnos la curación, la sanación, la vida de Dios, que es la santidad. Daos cuenta que todos los movimientos que el Señor va como aunando en ese gran principio de la comunión que forma la Iglesia, os ha regalado la experiencia, la convicción de que siendo pecadores necesitamos de la fuerza misma de Dios.
La obra de la santificación
Y ahí es donde comienza toda la obra de quien abre de par en par sus puertas para que sea Dios mismo quien venga como consuelo, como alivio: "Venid a Mí -dice él- todos los que estáis cansados y agobiados, que Yo os aliviaré" (Mt 11,28). Él nos alivia con el agua de vida, que es el Espíritu Santo, dándonos esa agua que calmará nuestra sed, poniendo en nosotros el principio de la renovación, el principio de la nueva creación. Esto sucedió para cada uno de nosotros en el Bautismo. El Bautismo es el sacramento que nos introduce en la vida de Jesucristo, nos regala como semilla el don del Espíritu y formamos parte de la Iglesia mediante una regeneración, mediante un nuevo nacimiento. Nacidos del agua y del Espíritu somos incorporados al que es el Árbol de la vida, a Jesucristo por obra del Espíritu para que bien unidos como los sarmientos a la vid, podamos dar los frutos de santidad, que son los frutos de la vida del Señor en nosotros. El Bautismo nos ha sanado, nos ha curado del pecado que estropea toda la obra de Dios. La estropea en el sentido en que impide que nuestro corazón pueda amar a Dios sobre todas las cosas, pueda amar al prójimo, pueda, en definitiva, vivir la espontaneidad del bien que regala el Espíritu, cuando el corazón, purificado de los pecados, deja que anide en él la presencia del amor mismo de Dios, derramado en el corazón para que sea principio de vida, principio de renovación, principio de nueva creación.
Mirad si Dios nos ha querido, que nos ha hecho de nuevo. Eso es el Bautismo. Todo lo que estropea el pecado y que ha desatado esa historia extraordinaria de salvación que Dios..... culminó en su Hijo Jesucristo, todo eso alcanza a todos y a cada uno de nosotros, cuando mirándonos como miraba Jesús a los pecadores, nos aceptó en la Iglesia, nos lavó en las aguas del bautismo, nos regeneró... Pensad bien lo que estoy diciendo. No nos limpió por fuera, no nos dio simplemente un baño para que tuviéramos otro rostro, sino que nos cambió. "Regenerar", nueva creación significa nuevo nacimiento. Nos ha regalado la vida de Dios, nos ha hecho amigos de Dios, nos ha hecho justos, nos ha justificado. Por tanto, somos hijos de Dios, hijos en el Hijo, que es Jesucristo. Todo el recorrido de la santidad no es más que desarrollar el espíritu de filiación, sentirnos hijos de Dios, dejar que el Espíritu Santo empuje fuerte dentro de nosotros y nos haga gritar 'Abbá', ¿Padre! como un niño, para poder desde la fe hacer el recorrido de nuestra vida sabiendo que estamos siempre en las manos de Dios. Igual que Yahveh atraía a Israel, a Efraim, nos atrae a nosotros. Pero, la atracción es interna, de tal manera que el Espíritu Santo que se nos regaló en el Bautismo, que se nos dio en plenitud por el Sacramento de la Confirmación, ha ido culminando la obra de hacernos hijos al sentarnos como comensales suyos a la mesa de la Eucaristía, que contiene todo el bien de la Iglesia, porque contiene al mismo Cristo.
Contemporáneos de Cristo en la Eucaristía
La santidad, que es la vida de Dios en nosotros que fructifica haciéndonos santos, está siempre unida a lo que es la Eucaristía, que es la misma vida de Jesucristo en nosotros. El artista, que va diseñando el rostro de Cristo en nosotros, el que lo crea en nosotros es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es quien nos hace contemporáneos de Cristo, invitados a participar de su vida en la Eucaristía. Somos contemporáneos de Cristo significa que todo lo que aconteció por medio de la Encarnación del Verbo, del Hijo de Dios, que nos ha hecho hijos en Él y, por tanto, ha enaltecido nuestra condición humana para hacerla participar de la vida divina, todo eso ahora no aconteció simplemente hace dos mil años, sino que para tí se hace propuesta personal cada vez que te reúnes a celebrar la Eucaristía, donde eres invitado/a a encontrarte con Cristo. En un momento donde somos contemporáneos, porque no se trata en la Eucaristía de recordar simplemente lo que pasó hace dos mil años, sino que el Espíritu Santo hace presente por medio de su don santificador en el pan y en el vino el Cuerpo y la Sangre del Señor. No sólo prolonga la encarnación de Jesucristo, de tal manera que tú estás delante de él, sino que además su gesto de donación suprema en la cruz y su resurrección para que tú participes de la gloria del Resucitado. Es el Cuerpo que se entrega; es la sangre que se derrama, y comulgar es entrar a vivir en el que nos invita al gesto de donarnos, autodonarnos, como Él se dio enteramente en la Cruz.
Pero, esto sólo lo podemos vivir desde la primera condición , que es convertir el corazón a Dios, desterrar de nosotros la vida del pecado, vaciar el corazón para que quede plenificado por obra del Espíritu Santo, se haga él presente y reine en tu corazón y haga una alianza perpetua de amor. Eso es lo que llamamos la conversión. Ese es el primer paso de quien siente que todo en su vida es bendición de Dios, se siente acogido por Él y, por tanto confiesa sus pecados, vacía su corazón, deja que reine en él el amor de Dios, el Espíritu Santo.
Pero después está la obra de la fe. La conversión y la fe. Llegar a la Eucaristía y encontrar en ella la fuerza y el manantial de donde brota el amor de Dios, que nos hace santos, es entrar a vivir en Jesucristo por la fe. Y la fe comienza por ser iluminación. Como el ciego decimos: "Señor, haz que pueda ver" (Lc 18,41). Hermanos, situaos en la complejidad de nuestro mundo, en las características que tiene esta sociedad tan ausente de Dios, donde tantos hermanos nuestros están ciegos y no pueden ver. Y no es porque Dios no esté empujando fuerte; no es porque no esté llamando a la puerta de cada uno para que le dejen entrar. No es que no los quiera enamorar con la cena de la Eucaristía, sino que están su corazón y sus ojos cerrados, ciegos por el ambiente del mundo y por la propia condición de la debilidad y del pecado. La fe, que Dios te ha regalado y tú de rodillas le tienes que agradecer todos los días, la fe te ha dado luz, ha iluminado tu vida. Puedes ver en ella la mano amorosa de Dios que te va llevando como un niño, como Yahveh llevaba a Israel, como nos lleva Dios a través de su Espíritu en la Iglesia. Quien no se acerca a la Eucaristía desde la fe, quien no ve la presencia de Dios que actúa y se hace presente en el acontecimiento de lo que es renovar y actualizar la muerte y la resurrección de Jesucristo, quien no tiene esos ojos no puede participar de la vida que Dios quiere derramar en sus hijos. Por eso digo que el recorrido hacia la santidad, que pasa primero por la conversión del corazón, se va desarrollando desde la fe como iluminación de tu historia.
Una vez que Dios potentemente a través de la Palabra, los sacramentos y la comunión de los hermanos te ha regalado la fe, que es puro don de Dios, es cuando tú tienes ojos distintos y nuevos y puedes ver a Dios, y puedes entender que toda tu historia la va llevando Él, que en todo te precede la gracia de Dios y sostiene tu vida la gracia de Dios, que Dios se constituye como horizonte y meta última de todo lo que tú eres, haces y estás llamado a ser en la vida eterna. Porque la fe es el don de Dios que nos da acceso a verle presente en nuestra vida, en nuestra historia. Hay una de las bienaventuranzas que dice: "Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8). Por eso, fe y purificación de los pecados van unidas. Si el corazón está limpio, ve a Dios, como lo veía la Virgen María, que es prototipo de santidad. Dios la preparó toda hermosa, incontaminada del pecado, arca de la nueva Alianza, en donde el Espíritu Santo iba a desposar a Dios con toda la humanidad en el seno de la Purísima Virgen. Allí, ¿qué es lo que aconteció? Dios, que viene a salvar y todo es gracia, porque María no tiene más que decir 'aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra' (Lc 1,38), ahí alcanza la verdadera libertad. Es dejarle al amor que prenda en nuestra vida y haciéndonos esclavos del amor, recuperemos el sentido de la verdadera libertad, que es la santidad. Dejar que Dios nazca en nosotros y reproducir el rostro de Jesucristo, el Santo, para el mundo. Daos cuenta. La Virgen Santísima, precedida por la gracia de Dios, consiente a la acción de Dios y es Él quien hará todo. Del mismo modo en la Iglesia, del mismo modo en la vida de cada uno de los bautizados, es Dios quien te ha precedido, es Dios quien viene y te regala su propia vida; es Dios quien hace posible la purificación de tu corazón para que desterrada la vida del pecado, puedas tener ojos nuevos para ver.
Y lo que verás es todo el inmenso amor de Dios que te ha rodeado desde toda la eternidad y que se hace presente en todos y en cada uno de los acontecimientos de tu vida, de modo que precediéndonos la gracia a través de la purificación por medio del sufrimiento, por medio de la cruz, por medio de lo que Dios quiera mandarnos a cada uno de nosotros, Él irá dirigiendo una historia de amor, una historia de santidad. Somos como una tierra donde Dios nos hace llover su justicia, que es su salvación, donde Él siembra y nosotros sumamos, por gracia suya, a la corriente del amor que nos viene con el Espíritu Santo, para que dóciles a la acción interna, a la revelación interna que te da la experiencia de Dios, puedas vivir dando los frutos del Espíritu. Conversión del corazón, iluminación por la fe para leer toda la historia con ojos nuevos con la gracia de Dios que te precede y te acompaña, te sana y te sostiene en todo lo que haces y, después, entrar a vivir del Resucitado.
La eucaristía y el Tabor
Eso es la Eucaristía. En la Eucaristía hace el Espíritu Santo, por medio de lo que llamamos epíclesis, que el cielo se abra y descienda la gloria de Dios sobre la mesa humilde a la que ha convocado en nombre de la Trinidad el sacerdote, que presencializa a Cristo para que allí toda la gloria de Dios, toda la misericordia suya, todo el amor de Dios se haga presente de tal manera que lo que ha prometido en la plegaria eucarística, precedida por la palabra, todo lo que ha prometido Dios se regale en la mesa de la Eucaristía, donde se contiene el Autor de todos los sacramentos, donde está presente Jesucristo, el Señor. Jesucristo resucitado y glorioso para que toda la impronta de su gloria llegue sobre nosotros y nos ocurra como a Moisés, que en la alianza del Sinaí baja con el rostro resplandeciente, porque lleva en su semblante la gloria de Dios. Nosotros subimos al Tabor, que es la Eucaristía. No podemos subir sino con el corazón limpio; no podemos comer nuestra propia condenación. Purificado el corazón de los pecados, con los ojos limpios de la fe, ascendemos a la gloria de Dios para que Él haga descender desde el cielo toda su presencia y en la cumbre del Tabor, en la cumbre donde se manifiesta la gloria de Dios, salva a su pueblo actualizando su Cuerpo que se entrega y su sangre que se derrama, vivimos de la gloria de Dios y comulgamos en Aquél que hará que nosotros repitamos para el mundo el gesto de la autodonación radical, es decir, del amor que se entrega en el Cuerpo, en la sangre que se derrama. Si hemos de subir al Tabor, no podemos ascender sin un corazón purificado de los pecados, sin los ojos de la fe. Pero una vez que estamos en el Tabor, hemos de dejar que resplandezca en nosotros toda la gloria de Dios. y toda la gloria de Dios a la vez en el sacrificio de la Eucaristía y en la prolongación del banquete que nos enamora a través de la adoración de quien está presente en la nueva Tienda de la Alianza, en la Iglesia, para acompañarnos en el caminar por el desierto de este mundo.
Hemos de sentir también como lo sintieron los apóstoles en el Tabor ¡qué bien se está aquí! (Mc 9,5). Esa es otra de las experiencias que tienen los nuevos movimientos y tenéis vosotros. No sólo os ha regalado la experiencia de saberos enfermos, necesitados, pecadores; no sólo el don y la iluminación de la fe, sino el decir: ¡qué bien se está aquí! ¡Qué bien se está en la Iglesia, qué bien se está junto al Señor resucitado y glorioso; qué bien se está junto aquél que nos acoge y no desprecia a nadie y su mirada es siempre mirada que atraviesa el corazón, porque descubriéndonos allí donde están todos nuestros secretos, quiere que descansemos en Él! Eso es la gracia. Quiere que descansemos en Él. Por eso hemos de activar toda nuestra fe para entrar en el ámbito que el Señor ha comparado como un oasis en medio del desierto de este mundo. Hemos de prepararnos para disfrutar del Señor, para entrar a disfrutar de la gloria de Dios que nos acompaña. que se hace presente. Y no se hace presente simplemente como recuerdo, sino como memorial (anámnesis) de su Encarnación, de su pasión, de su muerte, de su resurrección, de su ascensión a los cielos, de su gloria, de todo lo que es el Señor. Por eso, cuando celebramos la Eucaristía, cuando el Espíritu pone en nosotros las palabras del Señor, cuando recitamos los salmos, cuando cantamos, vemos cómo el corazón reposa, descansa, siente que va enamorándose cada vez más y prendiéndose más de la gloria de Dios. Y eso es lo que nos hará después, precedidos por el don de Dios, poder llevar en nuestro semblante la gloria de Dios y con la humildad de quien se sabe curado ofrecer a nuestros hermanos el poder de invitarlos, como decís: "Venid y lo veréis". Venid que yo sé y he reconocido el Médico que me ha curado, que me ha devuelto la vista, que puedo ver cómo todas las cosas concurren para el bien de aquellos a los que Dios ama, cómo Él va reverdeciendo todo lo que es sequedad en mi corazón, cómo Él va creando y configurándome a través de acción interna del Espíritu Santo me va haciendo para que yo pueda ser otro Cristo y dar para el mundo la imagen de Jesucristo resucitado y glorioso.
Hemos de subir al Tabor y hemos de descansar en el Señor. Es una desgracia que en nuestro mundo, que tanto está afanado por las cosas del presente, que tantas le reclaman para ir siempre corriendo, a veces alocadamente, es una desgracia que no sepa descansar. Hemos de llevarle ese mensaje que se hace buena Noticia. Hemos disfrutado de estar con el Señor. Ven tú a disfrutar con el Señor. Ven y súmate para poder hallar el descanso y la paz de quien te ama con un amor incondicional, de quien te coge en sus brazos, de quien te aproxima a su propio semblante, de quien te arrima a su mismo pecho y te dice: Eres mi hijo, yo te he engendrado. Tú vas a vivir siempre de ese manantial inagotable que es el amor de Dios.
La Eucaristía prolongación de la Encarnación
La Eucaristía prolonga la Encarnación de Jesucristo, nos lo hace presente por la acción epiclética del Espíritu; el sacerdote convoca al Dios tres veces santo, después de que hemos cantado el Prefacio, "Santo, Santo, Santo es el Señor". Después dirá "Santo eres en verdad, Señor, Santifica estos dones con la efusión de tu Espíritu". Y el gesto de la epíclesis hará presente en las ofrendas al mismo Jesucristo para que después en la segunda epíclesis , que se da en el Eucaristía en el Canon segundo, toda la asamblea viva la comunión y quede santificada por el mismo Espíritu, que nos hace de lo diverso uno, de lo que cada uno vive en su propia intimidad personal camino y recorrido desde su libertad para construir la unidad de la Iglesia de Cristo. Ahí es donde se construye la Iglesia. Ahí es donde cada uno de nosotros somos edificados, plantados, reconstruidos, sanados y curados. Toda la Eucaristía que hace anámnesis, memoria, actualización de los misterios del Señor, se consuma en el momento de la comunión. Comulgar en el cuerpo, en la sangre de Cristo es recibir la Vida de Aquél, que ahora resucitado y glorioso ha entregado su Cuerpo y ha derramado su sangre por ti, por mí, por todos nosotros. La comunión no sólo construirá la unidad del pueblo de Dios, su Iglesia, sino que además será el antídoto para todo el veneno de este mundo, que nos puede separar del amor de Dios. Se da Cristo como banquete, como alimento que nos nutre. Nos hace vivir en Cristo y eso nos va redimiendo paulatinamente, poco a poco. Cada vez que celebramos la Eucaristía se va operando en nosotros la redención plena, también de nuestro cuerpo, que es curado y sanado bautismal y eucarísticamente. Hasta el cuerpo del que vive en la gracia de Dios está llamado a manifestar todo el esplendor de la gloria de Jesucristo el resucitado, hecho presente por la acción del Espíritu Santo, que os invita a venir y a comer. Gritaba: "Si alguien tiene sed, que venga a mí. Encontrará como un manantial que salta hasta la vida eterna". Estaba hablando del Espíritu, que hace presente a Jesucristo. "El que come mi pan, vivirá eternamente" (Jn 6,51). Es más, vive ya la eternidad en el tiempo; hace presente toda la vida eterna en el corazón de aquél que , por la fe precedida por el perdón de los pecados, va a esta Cena a participar del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Ahí está todo el alimento espiritual que necesitamos, el mismo Cristo, que realizará en nosotros por obra del maestro interior que es el Espíritu Santo, la obra de que nosotros vayamos configurándonos con Él. Es ahí donde llega la segunda parte de lo que es la Santidad.
La intimidad con Dios y la santidad
Si la santidad es Dios mismo viviendo en nosotros como dice el apóstol San Pablo: "Cristo en vosotros, esperanza de la gloria", Cristo en vosotros: comulgamos en el Cuerpo y en la sangre, que nos ha preparado en este monte Tabor, que es todo altar, el mismo Espíritu Santo santificando las ofrendas. Ahora la presencia de Cristo en nosotros opera la transfiguración..., nuestra transformación en Cristo, como hijos de Dios, en intimidad con Cristo, que ... decía gritando en nosotros: Abba, Padre, y enseñándonos a orar. No hay santidad posible que no sea fruto de la intimidad constante con Dios, conocido a través de su palabra, que es espíritu y vida, hecha vida en nosotros y alcanzando las promesas de toda la Escritura y la Palabra de Dios que contiene a Cristo, alcanzando sus promesas cumplidas en los sacramentos y de modo especial en la Eucaristía.
El Espíritu Santo irá internamente como revistiéndonos de toda la vida de Dios. Es lo primero que hace en el bautismo cuando nos regala la vida a través de la fe, la esperanza y la caridad. Pero, después a través de sus siete dones, la vida plena de Dios en nosotros irá curando nuestra inteligencia con el don de ciencia y sabiduría, irá curando nuestra voluntad con el don de fortaleza, irá dándonos el discernimiento por el don de consejo, irá haciéndonos hijos de Dios por el don de piedad; nos hará sentir siempre ante el totalmente Otro que nos supera en todo, viviendo esa reverencia absoluta del Dios que se manifiesta con el don de temor. Y así va el Espíritu, poquito a poquito, curando la inteligencia, sanando el corazón, haciendo que todo lo que en nosotros quedó desorganizado por el pecado, sirva desde la corriente de la libertad, que ha quedado sanada por la gracia, para que nosotros seamos hijos en el Hijo mayor, que es Jesucristo, y demos para el mundo el fruto de ser Cristo, de ser como Cristo en el mundo. Ésta es la acción del que llamamos el Maestro interior. Y ante un maestro tan bueno lo que hemos de hacer es ser dóciles, no vivir según el espíritu de la carne, que nos lleva a la perdición, sino dejarnos conducir por el Espíritu Santo, quien nos hace comulgar en el cuerpo y en la sangre de Cristo, para que por el mismo sacrificio de nuestra donación vaya creciendo en nosotros hasta la adultez el mismo Cristo. Y nosotros, cada día, dejándonos conducir por esta fuerza que es a la vez potencia y brisa suave, que es el Espíritu, lleguemos a comprender lo alto, lo profundo del gran misterio del amor de Dios.
Porque esta es la verdadera sabiduría y esa es la santidad: no es más que conocer el amor de Dios. El santo tiene a la vez la persuasión de que es un pecador y, en cambio a la vez, está rodeado por la inmensidad del amor de Dios, que nos cubre por todas partes. Quien tiene los ojos ciegos no lo puede ver, pero el santo que por connaturalidad ya conoce el amor de Dios, porque Dios lo ha hecho bueno y conoce la bondad de Dios, lo ve por todas partes y lo ve incluso cuando más fuerte se presenta la cruz, cuando más dura golpea la vida y nos hace experimentar todo el sufrimiento, porque ve la mano de quien le conduce a purificar su vida para que pueda dar el fruto inmenso de lo que es ser otro Cristo, dando los frutos del Espíritu. Podemos diversificarlos como lo hace la Carta a los Gálatas, pero en definitiva es la caridad y el amor de Dios viviendo en nosotros. Pongo un ejemplo. Yo he pasado mucho por esa circunstancia. Yo he pensado muchas veces -lo recordaba a alguno de los presentes aquí- que todo era cuestión de esfuerzo y voluntad mía. Así he sido educado. He sido un gran racionalista y un gran voluntarioso al pensar que con el esfuerzo uno va alcanzando la perfección. Dios me ha curado y me ha hecho experimentar que el proceso es a la inversa. Es Dios quien lo hace todo. No es lo mismo llevar la barca o la canoa con los remos del esfuerzo de la voluntad que ser empujados potentemente por el viento del Espíritu, que es el amor y la caridad de Dios. Yo he sido curado de esto mismo. ¿Sabéis la paz que da saber que todo lo que se hace presente en nuestra vida, todo lo que se hace presente en mi vida, es algo que será precedido, acompañado y regalado por el Espíritu Santo por el amor de Dios? Qué fuerza cobra la vida de una persona, qué fuerza tiene esa barca que es empujada por el viento.
Cuando uno piensa que todo lo tiene que realizar con su esfuerzo, todo es estar haciendo continuamente cálculos, estar siempre con el agobio de cómo haré las cosas. Cuando invade el amor de Dios, se va hasta lo profundo de alta mar sin miedo. Es cuando uno puede quitar todas las amarras, no tener miedo, no estar continuamente entrando en el mar y saliendo a la playa, como calculando lo que yo puedo hacer. Hemos de ir mar adentro hasta la profundidad del abismo del amor de Dios a donde nos conducirá el propio Espíritu Santo. La caridad en nosotros lo que hace es empujarnos desde dentro para que no tengamos miedo de soltar las amarras de todo aquello que son nuestras seguridades y dejarnos conducir única y exclusivamente por el amor de Dios. Eso es todo un proceso que el Espíritu Santo irá regalando a lo largo de nuestra vida. Y cuando digo proceso, es porque Él nos va dando aquello que nosotros podemos consentir con nuestra voluntad. Y poquito a poquito nos va como enardeciendo, seduciendo y llevando por el camino y el recorrido de la vida de Dios, que es la santidad. Hermanos, lo que hemos de hacer simplemente, como la Virgen María, es dejarnos plenificar por la acción del Espíritu Santo, dejar que Él sea quien reproduzca en nosotros a Jesucristo, quien nos enamore del banquete de la Eucaristía para que comulgando en el Cuerpo que se entrega y en la sangre que se derrama, nosotros también como Cristo, busquemos entregarnos en el amor que Cristo nos hará, primero como regalo para que fructifique en el amor a Dios y a los hermanos, y después, dejar que día a día, a través de todos y cada uno de los acontecimientos, nosotros seamos más iluminados.
La fe es un don, que cuando alcanza, ha alcanzado a la persona; pero el Espíritu se da en proporción ¿a qué? A lo que vacíes primero, para después ser plenificado por Dios. Y le hemos de pedir que nos dé ese discernimiento para vaciarnos todo lo que haga falta hasta la renuncia de uno mismo, hasta querer ser expropiados para que Dios nos utilice como Él quiera para ser instrumento para el bien de la Iglesia y el bien de nuestros hermanos. Y en la proporción que Él gane nuestra voluntad para vaciarnos de nosotros mismos, Él va entrando cada día más en nosotros hasta lo que será la consumación de esta historia de amor y de santidad que es la unión con Dios, el poder ver su rostro cara a cara, como Él nos ha prometido, para siempre en la vida eterna.
Conclusión
Lo que nos está reclamando el Espíritu Santo en estos momentos -no lo dudo- es que en el seno mismo de la iglesia, viviendo el espíritu de comunión, llevemos los frutos de la santidad. Esto es lo que está reclamando esta generación que por haberse hecho tan compleja en sus medios de comunicación, tan diversificada y golpeada por todo lo que es la ausencia de Dios, en esta sociedad -insisto- la verdadera urgencia y necesidad es que fructifique la obra de Dios en sus hijos, regalándoles la santidad. Tenéis que dar muchas gracias a Dios porque os ha regalado el don de la fe, porque os ha hecho conocer vuestra propia debilidad y os ha llamado a la curación y a la conversión y porque os mantiene en la Iglesia, nos mantiene en la Iglesia.
Y ahí la Eucaristía será el reclamo continuo de lo que es la Iglesia: diversos y distintos, pero todos viviendo la unión, la comunión que regala el Espíritu Santo, que hace posible la presencia en nosotros del mismo pan, de la misma sangre que nos purifica de nuestros pecados. Vinculados a la Iglesia, dejándonos construir por la Iglesia en la Eucaristía saldremos a lo que el Santo Padre nos está urgiendo continuamente: a la nueva evangelización. Pero no vayamos sin llevar en nuestro semblante la gloria de Dios; no vayamos sin el equipaje de la gracia de Dios que nos llega a través del Sacramento de la Eucaristía y el resto de los sacramentos. No vayamos aisladamente, sino como pueblo que unificado en el amor sabe presentarse ante el mundo y decir simplemente las palabras del Señor, simplemente lo que nos enseña antes, simplemente la Buena Noticia, el evangelio de que somos hijos amados por Dios, que su amor es incondicional, que se hace cargo de cada uno de nosotros, que quiere plenificar nuestro corazón con la presencia del Espíritu, que quiere que seamos hijos suyos para toda la eternidad. Ser hijos de adopción no es menos que ser hijos de la carne y de la sangre; ni muchísimo menos. Es más, todo lo contrario. Ser hijos por adopción, hijos en el Hijo, significa que hemos nacido de nuevo, que hemos sido incorporados a aquél que es la misma Vida y, por tanto, donde está la Cabeza están los miembros. Si Cristo ya está glorioso y resucitado en el cielo, allí es donde nos espera a cada uno de nosotros y nos atrae como un imán atrae los metales, así nos atrae el cielo a nosotros, porque es lo que desea tu corazón. Sea alabado el Señor. ¡Gloria a la Santísima Trinidad! y gracias por la invitación que me habéis hecho. Dejad que os diga la última palabra. No desmerezcamos en nada la gracia de Dios. Dejemos que Él nos preceda, nos acompañe y que nos regale por los caminos que Él quiera el don de la santidad.
(Nuevo Pentecostés, nº 69)

PALABRA DEL DÌA ( 04-09-09)

Viernes de la Vigésimosegunda semana del Tiempo Ordinario
Hoy la Iglesia celebra : Santa Rosalía Saber más cosas a propósito de los Santos del día
Lecturas
Leer el comentario del Evangelio por : San Agustín «Mientras el novio está con ellos»
Evangelio según San Lucas 5,33-39.
Luego le dijeron: "Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y hacen oración, lo mismo que los discípulos de los fariseos; en cambio, los tuyos comen y beben". Jesús les contestó: "¿Ustedes pretenden hacer ayunar a los amigos del esposo mientras él está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado; entonces tendrán que ayunar". Les hizo además esta comparación: "Nadie corta un pedazo de un vestido nuevo para remendar uno viejo, porque se romperá el nuevo, y el pedazo sacado a este no quedará bien en el vestido viejo. Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque hará reventar los odres; entonces el vino se derramará y los odres ya no servirán más. ¡A vino nuevo, odres nuevos! Nadie, después de haber gustado el vino viejo, quiere vino nuevo, porque dice: El añejo es mejor".