viernes, 18 de julio de 2014

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo  según san Mateo 13, 24-43

Jesús propuso a la gente esta parábola:

«El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: "Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?" Él les respondió: "Esto lo ha hecho algún enemigo".

Los peones replicaron: "¿Quieres que vayamos a arrancarla?" "No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero ».
También les propuso otra parábola:

«El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, ésta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas Y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas».
Después les dijo esta otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa».

Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin ellas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: «Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo». Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña en el campo». Él les respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles.
Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y éstos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre.
¡El que tenga oídos, que oiga!»
                                                                                                                             Palabra del Señor.

Tanto usted, como yo, muchas veces, hemos querido terminar con los problemas de una vez por todas, darle punto final a algo. Cuando nos hemos fijado en tratar de sacar algo malo, muchas veces, por arrebatamiento, por equivocación, porque todavía no estaba maduro, hemos terminado tirando lo bueno, haciendo más daño que el bien que podíamos hacer. O también, por ahí hemos pensado: ¿por qué a mí?, ¿por qué a mí me va mal?, ¿por qué tengo problemas yo, por qué no los tiene fulano o mengano o el otro o aquél que es malo, que no sirve para nada, que hace mal las cosas, que no se preocupa, que no es una buena persona? ¿Por qué a los malos Dios no los castiga y los buenos tienen que sufrir?1. ¿Por qué Dios deja que se mezcle lo bueno con lo malo? Lo que la Palabra de hoy, tanto en el libro de la sabiduría de la primera lectura como en el Evangelio, nos dice es: Hermano... ¡paciencia! 

La primera lectura nos habla de eso. Dios es bueno y es grande y Él tiene poder para destruir el mal y a los que hacen el mal. Pero Dios es tan fuerte que “domina” su cólera, su enojo, su justicia. Se vuelve paciente y espera, porque lo que quiere es que el que se equivoca se convierta y cambie, se arrepienta. No quiere la muerte del pecador, quiere que cambie, quiere que viva. 

Pensemos nosotros si Dios, a la primera caída que hemos tenido, nos hubiese cortado la cabeza: ¡No quedarían creyentes en ninguna parte del mundo! ¿Quién puede decir: ‘¡Ah, yo no tengo pecado!’? Nadie. Si Dios nos tendría que haber castigado la primera vez que nos hemos equivocado, ya no existiríamos. Pero Dios nos tiene paciencia y así le tiene paciencia a todos, y así deja que esta cizaña crezca al lado del trigo para ver de una vez, después, que esa cizaña se convierta. 

Jesús dice: ¡Cuidado! Porque lo que Dios quiere es que las cosas se hagan bien. Y la idea de Jesús es: ‘Muchachos, no nos arrebatemos. Si no distinguimos todavía, puede ser que dañemos. Esperemos a terminar, cuando por sus frutos los conozcamos, y ahí se van a dar cuenta todos, van a ver de qué se trata y vamos a poder arrancar la cizaña y tirarla al fuego, y vamos a poder arrancar el trigo y guardarlo en el granero.’ 

Por eso se necesita paciencia y discernimiento. Y vos, que andás corriendo por detrás de tus pecados para cambiar, para dejar de ser malo. Que decís: ‘Quiero mejorar, quiero cambiar, quiero dejar de ser malo, quiero arrancar de mí esto otro’. Sacate eso de la cabeza de una vez por todas. Hacelo por Jesús. No busqués arrancar la cizaña, sino buscá que crezca el trigo humano. Empezá a pensar en positivo, valorá lo bueno que tenés, lo que Dios te puso. Ya sé que es difícil. Muchas veces, en la casa, es difícil ver el bien. Muchas veces, en el trabajo, en el mundo, en todos lados, acá en la Parroquia, es difícil ver las buenas actitudes. Y así pareciera que es nuestra actitud, nuestra manera de ser, el fijarnos, con binoculares en la maldad, como si fuera lo único. Siempre nos estamos quejando de algo. Y con Jesús, tenemos que pensar en positivo, para darnos cuenta de lo bueno, para no querer arrancar la cizaña. 

Muchos de nosotros vivimos examinando el pasado para decir que soy así por lo que viví cuando era chiquito. Es cierto que algunos necesitan tratamiento terapéutico, pero en la mayoría de nosotros, no se trata de saber por qué soy así. No quiero ver por qué soy así, no quiero echarle la culpa a mi mamá, a mi papá, porque tengo esta manera de ser. Lo que tengo que ver es quién quiero ser, cómo quiero ser, no criticar la cizaña que hay que arrancar. No es eliminando el mal cómo me voy a cuidar, es poniendo la fuerza dentro mío. 

Cuando usted llega de noche a su casa, ¿qué hace? ¿Corre las tinieblas, saca lo malo, patea la oscuridad? No. Va y prende la luz y se acabó. No existe más la oscuridad. A usted le hace frío, ¿qué hace?¿Dice: ¡Fuera frío!? No: Se abriga y listo. No mirés por qué soy así, mirá hacia dónde querés llegar. No mirés lo malo que hiciste ayer, mirá un poco adelante, fijate a dónde vas, practicá eso. 

La verdad está en esto: GRANDEZA EN LO PEQUEÑO. Todo empieza de a poco. Todo empieza despacio. Todo comienza chiquito. La primera célula tuya no se la podía ver y ahí empezaste y mirá lo que ahora sos, aún la grandeza la tenés ahí. De a poco. ¿Querés llegar lejos? No quieras dar el gran salto. Caminá, vas a llegar. Como la fábula de la liebre y la tortuga: la tortuga despacio, pero con la firmeza para seguir adelante. Paso por paso, poco a poco, despacio vamos a llegar a la meta. Ponete la meta y concentrate en eso, es importante para vos y hacelo. Si pretendés hacerlo de un día para el otro no vas a conseguir nada. Nos pasa que somos ansiosos. Agarramos un libro, lo leemos, llegamos a la mitad y lo dejamos, no lo leemos más. Nos sentamos a ver televisión y comemos… porque la televisión no nos llena. Prendemos la radio, la televisión, el mini componente y hacemos funcionar todo. Tengo que tener todo prendido. Vayamos despacio, cosa por cosa. Disfrutemos, aprovechemos y veamos crecer despacio nuestra vida. No importa si tardamos, porque esto no es una competencia. Lo que importa es que caminemos y disfrutemos esta vida que el Señor nos da. “Pero tengo problemas”. “Sí, miles, hasta que te mueras vas a tener problemas”. Pero también hay alegría, estás vivo: ¡aprovechalo! Fijate lo bueno que hay, que Dios te quiere regalar y te lo ha puesto ahí. ¡Cuánto de trigo que Dios ha puesto en tu vida! Ese granito de mostaza que Dios puso en tu vida y todavía sigue en semillita. Y te ocupaste de sacar todo, limpiar siempre el granero y has perdido tiempo porque mañana va a estar sucio de nuevo, porque no te preocupaste en sembrar. Hacelo hoy. Empezá de nuevo, querete un poco. No importa cómo lograste ser como sos, importa lo que vas a llegar a ser. No importa lo que te rodea, importa lo que se siembre. Empezá despacio, con grandeza, porque eso es lo que importa: el descubrir la voluntad de Dios, ir mirando, organizando y hacerlo despacio. 

Hoy le pidamos a Jesús eso, que nos enseñe a tener paciencia con nosotros, que nos enseñe a tener paciencia con nosotros mismos, que nos enseñe a aceptar que hay cizaña en nuestra vida al lado del trigo y que nos muestre con claridad que lo peor que podemos hacer es querer arrancar todo de golpe, que lo que tenemos que hacer es dejar crecer las dos y alentar el crecimiento del trigo, ser grandes en eso poco que hacemos, para que se desarrolle, crezca y mi vida no sea tan amarga sino que sea significativa, sea feliz, valga la pena haber vivido.

martes, 15 de julio de 2014

“Carguen sobre ustedes mi yugo y encontrarán alivio”





"ALIVIO"

“Redescubrir la necesidad ineludible de cargar el yugo de Jesús para encontrar alivio en nuestras vidas”

): Lectura del santo Evangelio según san Mateo 11, 25-30.

Este "himno jubiloso" de Jesucristo pone de manifiesto, de un modo muy especial, la conciencia que tuvo Jesús durante su vida terrena de ser hijo de Dios. El motivo de la acción de gracias no está, como podría parecer a primera vista, en que la revelación ha sido escondida a los sabios y prudentes de este mundo y concedida a los pequeños. La contraposición entre el ocultamiento y la revelación está destinada a hacer resaltar la idea que se quiere expresar positivamente: Jesús está contento porque Dios se ha revelado, por fin conocemos a Dios tal cual es. Ese es el motivo de alegría que tiene Jesús, con Él todos los hombres pueden decir que ya conocen a Dios.

La expresión “sabios y prudentes”, apunta a los doctores de la Ley, que ocupan la cátedra de Moisés (23,2) y atribuyen la obra de Jesús al poder de Belzebul, el príncipe de los demonios (12,24). Ellos piensan que no tienen nada que aprender de un hombre tan humilde y sencillo como Jesús. La pretensión de ser sabios les cierra los ojos y los oídos a la presencia de Dios en la actividad del carpintero hijo de María (13,55). Como se sienten demasiado seguros de sí mismos y de su propia doctrina, no se dejan interpelar por el mensaje del reino de Dios (cf. 15,6). 

En contraposición con los sabios y prudentes están los pequeños. El término griego dice literalmente "niños pequeños", que incluye una clara connotación de ingenuidad e ignorancia. Más aún, el vocablo tiene un cierto matiz peyorativo: se trata del simple, del ignorante, de alguien que desde el punto de vista humano no tiene demasiadas luces. Esta gente sencilla está emparentada con los niños (18,14), los afligidos y agobiados (12, 28) y las ovejas sin pastor (9,36). La ignorancia de la gente sencilla no constituye una virtud ni es algo meritorio que explique la razón de la preferencia. La raíz de todo está en el amor generoso del Padre.

Después de pronunciar esta acción de gracias, Jesús revela su propia identidad. Ser hijo constituye el núcleo de la conciencia que Jesús tiene de sí mismo frente a Dios. Por eso declara primero que nadie conoce al Hijo sino el Padre, haciendo ver de ese modo que el reconocimiento del Hijo es siempre un don que procede del Padre. Luego afirma que nadie conoce al Padre sino el Hijo, y en razón de este mutuo conocimiento sólo el Hijo puede revelar el verdadero conocimiento del Padre.

El yugo suave y la carga liviana:

La imagen del yugo, ya conocida en el Antiguo Testamento (Jer 2,20; 5,5; Os 10,11), designa corrientemente en el judaísmo la ley de Dios escrita y oral (cf. 15,2). Este yugo no constituía para los judíos piadosos una carga insoportable, ya que la Torá era dulce como la miel del panal, motivo de complacencia y lámpara para los pasos de aquellos que la meditan de día de noche (cf. Sal 1; 19,8-15; 119). Tomar sobre sí el yugo es también una expresión metafórica del lenguaje rabínico, que designa la aceptación y el reconocimiento de la doctrina de un maestro. En el libro del Eclesiástico (Eclo 51,23-27), la Sabiduría personificada invita a poner el cuello bajo su yugo, a fin de ser instruidos y de encontrar un gran descanso. En este pasaje, de marcado tono sapiencial, Jesús emplea esa misma imagen para dirigirse a los que están afligidos y agobiados. Pero al hablar de "mi yugo" no se refiere a la sabiduría o a la ley antigua, sino a sí mismo y al gozo de seguir sus pasos. Por lo tanto, Jesús pide a sus seguidores que se dejen instruir por él y se hagan discípulos suyos. Al mismo tiempo, se pone a sí mismo como modelo, de modo que el seguimiento implica también imitación. Esta última idea se encuentra expresada del modo más pleno en 1 Ped 2, 21: “...Cristo padeció por nosotros; así dejó un ejemplo para que sus discípulos sigan sus huellas”.

“CORAZÓN DE TIERRA... BUENA”



                                                              "SEMBRAR - FECUNDIDAD”
“Reasumir que todos somos tierra donde el Señor siembra su Palabra para preparar adecuadamente nuestro corazón y dar fruto abundante de lo sembrado en nosotros”

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 13, 1-23:

El sembrador salió a sembrar... El sembrador siembra, no cultiva, no riega, no fabrica la semilla, el sembrador es solamente sembrador. Según la parábola, ¿quién hace la semilla? Dios. ¿Quién riega? Dios. ¿Quién produce la semilla? Dios. ¿Qué necesita Dios del sembrador? Que siembre. De lo demás se encarga Dios. El sembrador es el predicador. Imaginemos: salían los discípulos a predicar y hablaban del Reino de los Cielos y algunos decían: “¡Ah..., esos son pavadas!”; otros decían: “¡Qué bueno que está!”; y al ratito no se acordaban de lo que decían. Otros le interesaban, pero tenían tantas cosas que no hacían nada. Y otros sí escuchaban la Palabra. Y los discípulos fueron a Jesús a decirles: “Pero, Maestro, hemos predicado y solamente se ha convertido este grupito”. “No importa, dice Jesús, porque tu tarea no es convertir, tu tarea es predicar. Tu tarea no es dar la gracia, tu tarea es predicar. Tu tarea no es armar una predicación bonita, ni hacer que la Palabra de Dios tenga fuerza, ya la tiene sola. Tu tarea es decir la Palabra tal como está. Si se convierten o no, vos no te hagás problema. Porque de los que se conviertan, unos valen el 30, el otro 60 y el otro, el 100 por 100”. Como vemos, Jesús divide en cuatro partes, estos son los que se convierten y estos son los que no se convierten. Hay un 75% que no escucha la Palabra y si la escucha no la practica; y sólo un 25% que se convierte. Y ahí es donde Jesús dice: esos van a dar el fruto con todo y lo más bueno de todo es que aquellos que se conviertan van a ser también predicadores, con su vida y con su Palabra. Por eso, tu tarea, predicador, es predicar y no te desanimes, no te canses de hacerlo, no tengas miedo del fracaso, predicá y nada más hacelo bien, como dice la Palabra.

Podemos mirar esta parábola también desde el punto de vista del convertido. A todos nosotros, en algún momento, nos predicaron la Palabra y aún ahora nos la siguen predicando. Muchos de nosotros somos predicadores de la Palabra y, sin embargo, también, muchas veces, escuchamos predicaciones de la Palabra. Y uno se pregunta: ¿Cómo anda mi corazón?, ¿Qué clase de corazón tengo? No tengo un corazón de oro, ni de piedra, ni de hierro. Tengo un corazón de tierra, pero tierra buena, tierra fértil. Y en este corazón llega la Palabra de Dios. Hay muchos de nosotros que ni siquiera quieren escuchar la Palabra: “Vamos a Misa”, “¡Ah..., qué voy a perder tiempo!”. Lo dicen en casa, lo vemos en nuestros vecinos, en los amigos, en los compañeros de trabajo, son esos que no quieren no oír hablar de Dios. Y cuando uno les habla de la Iglesia, lo único que hacen es criticarla y murmurar de la Iglesia: “¡Uh... porque los que van a Misa...! ¡Uh... porque los curas...!”. Y entonces uno muchas veces dice “este no quiere ni escuchar”. Esos son los que están ahí fuera del camino. Llega el demonio, dice Jesús, y se come la semilla, ni siquiera dejaron que llegara a su corazón, se negaron a escuchar la Palabra. Esos son esa tierra del camino, esa tierra dura, el pajarito se come la semilla, el demonio viene y se lleva la Palabra y no deja que se conviertan. 

Hay otros, dice Jesús, que son tierra que está bajo una piedra, y son estos que la piedra deja pasar la semilla, enseguida echa raíces y sale, pero como hay piedra abajo no puede echar raíces profundas, entonces viene un sol caliente, fuerte, se acabó, la quema a la planta. Y esos son los que escuchan, le entra por un lado y le sale por el otro. Uno escucha muchas veces: “¡Ay..., qué lindo habló el Sacerdote hoy...!”; “Y, ¿qué dijo?”; “No sé”. Le gustó pero ni se acuerda ya lo que dijo, le guste las cosas de la fe, pero en su corazón no son importantes. Hace grandes propósitos: Yo voy a cambiar, voy a hacer esto, lo otro. Son los que no cumplen las promesas, los que se olvidan de los propósitos, no tienen profundidad en su corazón, falta constancia, falta motivación para seguir adelante en el camino de la fe. 

Y hay otros, dice Jesús, que son como la semilla que cae en las plantas con espinas. Buena tierra, sale la semilla, las espinas asfixian esa planta. Son los que viven en miles de preocupaciones: que la casa, que el trabajo, que la plata, que no alcanza, preocupados por lo que van a comer, por lo que van a beber. Pero, claro, en una cabeza así, dispersa, qué puede esa persona concentrarse en la Palabra. Y entonces vive pensando en otras cosas y no en la Palabra de Dios. Le gusta recibir la Palabra, sabe lo que la Palabra le dice, pero muchas veces no la practica, no la vive, o más piensa en lo que le pasa hoy que en las cosas que el Señor le está diciendo. Son de los que quieren abrir la puerta y se olvidan de entrar. 


Y, después, están los otros que sí, les gusta, la reciben, y plenamente la hacen crecer, según la capacidad, uno el 30, al 60, al 100. Y uno tiene que ver cómo es uno, darse cuenta quién soy yo. Y, dándome cuenta, aceptarme como soy y tratar de mejorar.

sábado, 28 de junio de 2014

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

Evangelio Mt 16, 13-19
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo.


Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?”. Ellos le respondieron: “Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas”. “Y ustedes –les preguntó–, ¿quién dicen que soy?”. Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Y Jesús le dijo: “Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”.
Palabra del Señor.
“tú eres el mesías, el hijo de dios vivo”

“Fortalecer nuestra fe en Jesús, el Hijo de Dios; para que, como piedras vivas de la Iglesia, anunciemos con valentía su Palabra”

¿Qué dice la gente sobre el Hijo del Hombre?. La pregunta de Jesús parece un poco rara, es como si a Jesús le hubieren surgido dudas sobre la recepción de su trabajo, de su tarea para con el mundo. Pero no es así, no olvidemos que, a la primera pregunta, viene una segunda: “Y ustedes, les preguntó, ¿Quién dicen que soy?”. Es en realidad esta la pregunta central, a Jesús no le interesa tanto lo que opinan los demás sobre Él, sino la opinión de sus discípulos.
A Jesús le pasa lo mismo que a nosotros: la opinión que más nos interesa es la opinión de aquellos que más amamos. Lo que opinen los demás nos tiene sin cuidado, mientras que a la opinión de los cercanos podamos recibirla con humildad.
“Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. La respuesta de Simón Pedro es rápida y clara, no hay lugar para engaños. Jesús, con esta pregunta, les pide que fijen su posición frente a Él: ¿Qué significo yo para ustedes?. Pedro responde con acierto.
Para Pedro Jesús no solo en el ungido, el Mesías, sino que también es el Hijo de Dios Vivo: Jesús es el mismo Dios en persona. Se reconoce en él la presencia del que viene a salvar, pero no es un salvador cualquiera, es el mismo Dios el que se hizo carne y habitó entre nosotros. Jesús es Dios en persona que ha llegado a nosotros para darnos salvación.
Feliz de ti, Simón. Jesús proclama bienaventurado a Simón, llamándolo por su propio nombre, reconociéndolo como discípulo, Jesús lo llama bienaventurado. ¿Porqué es bienaventurado, porqué es declarado feliz? Porque se deja llevar por el Padre que le indica lo que tiene que decir. Esto te lo ha revelado “mi Padre que está en el cielo”. Simón es dócil a la voluntad de Dios, Simón se deja llevar por el poder de Dios. Simón es movido y conducido por el Padre para que hable de ese modo. Nunca Simón podría haber dicho semejante cosa sin la moción y conducción del Padre sobre él. Por eso es bienaventurado, por eso es declarado feliz.
“Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” El premio para Simón-Pedro, no es un bien, es una tarea. Jesús ve en él a alguien que fortalecido por el poder del Padre Dios puede confirmar y sostener a sus hermanos. Tiene las llaves, es decir, se le da el don de gobierno. Tiene poder para atar y desatar, es decir, puede juzgar, es legislador del pueblo de Dios. El servicio de Pedro es un servicio desde la autoridad, desde la tarea de Gobierno. Pedro es el servidor de la comunidad desde el gobierno. Representa la figura paterna, debe velar, con autoridad, por el bienestar de la casa. Por eso es piedra, porque su firmeza dará robustez a los demás.

sábado, 21 de junio de 2014

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Solemnidad. Blanco

Esta fiesta fue instituida por el papa Urbano IV en el año 1264 “con el fin de tributarle a la Eucaristía un culto público y solemne de adoración, amor y gratitud”. Celebramos que Jesucristo se queda en medio de nosotros en estos elementos sencillos y cotidianos de pan y vino. Así nos invita a compartir su mesa.
Evangelio Jn 6, 51-58

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.

Jesús dijo a los judíos: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. Los judíos discutían entre sí, diciendo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”. Jesús les respondió: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente”.

Palabra del Señor.

“ESTE ES EL PAN BAJADO DEL CIELO”

“Profundizar en la comprensión del Sacramento de la Eucaristía; para que, como comunidad Bíblica, celebremos con toda la Iglesia el banquete del Señor”.

51 Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo".

Cuando Jesús nos dice “Yo soy”, está asegurando que su presencia es divina. Es el mismo Dios el que se da como alimento, “bajado del cielo”, a los hombres. La historia sagrada nos enseñó que no basta con el “maná”, el alimento entregado a los hebreos en el desierto para que pudieran seguir el camino hacia la tierra prometida. El nuevo “maná” no es un alimento perecedero, no es algo que sirve para un momento, es el mismo Dios quien se da a sí mismo como “alimento” sagrado para la tarea “sagrada” de vivir y peregrinar en esta tierra hasta el cielo. Por eso Jesús asegura que “el que coma de este pan vivirá eternamente”, la semilla de eternidad está puesta en el “pan” sagrado que Dios nos entrega. El “por siempre eterno”, se da a los “perecederos” y “finitos”, para que estos vivan “eternamente”. “Nadie da lo que no tiene”, nos dice la sentencia popular, Jesús, el “Yo soy”, puede dar eternidad, porque Él es eterno. Este pan bendito es el mismo Dios que se hace alimento para los caminantes, y en comida ritual se entrega a si mismo para saciar de eternidad. En un gesto sagrado, se vuelve sagrada la vida. La presencia de eternidad que el “pan vivo bajado del cielo” nos da, no es para unos pocos. Así como Dios es eterno y comparte su eternidad, también es omnipresente y, lejos de tener una actitud mezquina, elitista y sectaria, decide ser “Vida”, así como mayúsculas, para “el mundo”. El alimento sagrado, que es Dios mismo bajado del cielo, es para toda la humanidad. Ya no es un pueblo determinado, es toda la humanidad que se vuelve “nación santa”. 

52 Los judíos discutían entre sí, diciendo: "¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?".

La reacción que Jesús provoca en su auditorio es de “discusión”. Ellos siguen con posturas racionales, en vez de dejar que la fe los ilumine prefieren la discusión, la manifestación de su soberbia “sabiduría” de hombres que choca de frente con la humilde “sabiduría” de Dios. Razonan cuando hay que usar la fe, piensan cuando hay que usar el corazón, discuten cuando hay que escuchar, se convierten en protagonistas cuando tendrían que ser receptores del “gran” protagonista que es el pan bajado del cielo. Es la imagen típica del ser humano que se cree Dios. En vez de recibir el “alimento” sagrado lo banalizan con sus discusiones teóricas y sin sentido.

La pregunta que se hacen, "¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?", manifiesta la actitud falta de religiosidad que ellos tienen. No alcanzan a ver más allá de las apariencias. La pregunta que se hacen tiene una sola respuesta: “De ningún modo la carne de un hombre puede dar vida eterna”. En la medida que desacralicemos nuestra presencia en el mundo, en esa medida todo lo sagrado que realicemos caerá bajo las preguntas y discusiones que manifiesta San Juan en este versículo de su evangelio. Los “judíos”, como él dice, ven lo humano donde deberían ver lo divino, ven con ojos de hombre donde deberían ver con ojos de fe. La mirada desacralizada de la vida nos da una imagen totalmente chata de la existencia. Si logramos cambiar la perspectiva y ascendemos en nuestro mirar podremos encontrar el camino a lo sagrado, podremos ver los milagros de Dios en nuestras vidas, que dejarán de ser “chatas”, vanas y efímeras… para convertirse en sagradas, con sentido y eternas. Hay que cambiar la perspectiva. 

53 Jesús les respondió: "Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.

Jesús tiene una mirada diferente. No se queda en las discusiones teóricas y sin sentido. Jesús es práctico. Sabe lo que hace y por qué lo hace. Con una rapidez envidiable saca las consecuencias lógicas de la falta de fe, de la desacralización de la vida, de la pérdida de sentido religioso de la existencia. En vez de ponerse a discutir, Jesús lleva a sus interlocutores a las consecuencias, tristes y malas en este caso, del rechazo del “pan de vida”. El único alimento que da la vida eterna no puede ser rechazado sin caer en la muerte. No comer al “Yo soy” hecho pan es no-ser, es perder la identidad, la plenitud, la Vida. 

54El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. 55Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.

Hay dos necesidades básicas en todo ser humano, que podríamos llamar de supervivencia: la necesidad sexual (que apunta a la vida de la especie) y la necesidad de comer (que apunta a la vida del individuo). Si una persona no “come” se muere. La necesidad de alimentarse en básica. Jesús nos habla de esa necesidad, pero en sentido de plenitud. Así como cultivamos y nos dedicamos a la cría de animales para sustentarnos temporalmente, Jesús nos invita a pensar en “la verdadera comida y la verdadera bebida”. La resurrección final es la garantía de ser alimentados por el Señor. Y aquí las cosas son simples: quien quiera vivir para siempre, tendrá que alimentarse con el alimento que produce vida para siempre. La eternidad de Dios nos es dada por Jesús a través de su propia carne y sangre. Recibir la Eucaristía, no es una obligación, es una necesidad. 

56El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. 57Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.

Raymond Brown[1], nos dice con respecto a estos versículos:

Si comparamos los versículos 54 y 56, advertiremos que poseer la vida eterna supone estar en comunión íntima con Jesús; se trata de que el cristiano siga con Jesús (menein), y Jesús con el cristiano. En el versículo 27 hablaba Jesús del alimento que dura (menein) hasta la vida eterna, es decir, que la fuente de la vida eterna es un alimento que no se acaba. En el versículo 56, el verbo menein se aplica no al alimento, sino a la vida que este produce y nutre. La comunión con Jesús significa realmente participar en la comunión íntima que hay entre el Padre y el Hijo; al mismo tiempo se da por supuesto que el lector entiende lo que esto significa.

Esa participación de la “comunión íntima” con el Padre y el Hijo que la Eucaristía nos da es para ser “vivida” aquí y ahora, como nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

1394 como el alimento corporal sirve para restaurar la pérdida de fuerzas, la Eucaristía fortalece la caridad que, en la vida cotidiana, tiende a debilitarse; y esta caridad vivificada borra los pecados veniales. Dándose a nosotros, Cristo reaviva nuestro amor y nos hace capaces de romper los lazos desordenados con las criaturas y de arraigarnos a Él.

1396 La unidad del Cuerpo místico: la Eucaristía hace la Iglesia. Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo se une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada ya por el Bautismo. En el Bautismo fuimos llamados a no formar más que un solo cuerpo (Cf. 1 Cor 12, 13). La eucaristía realiza esta llamada: “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan” (1Cor 10, 16-17) 

58Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente".

La Eucaristía es un alimento que dura para siempre. En cada misa celebrada (actualización de la entrega generosa de Cristo), en cada adoración eucarística (encuentro confiado del Amado con el amante), Cristo permanece allí, dándonos vida eterna, vida en abundancia.

Corpus Christi es la celebración que, de un modo especial, nos recuerda esta presencia que da Vida. Valoremos a Jesús hecho pan sagrado y recibamos de su generosidad la Vida eterna.

viernes, 13 de junio de 2014

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68

Evangelio Jn 3, 16-18

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.

Dijo Jesús: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios”.

Palabra del Señor.

                                                               “LA COMUNIDAD DE DIOS”

“Revalorizar, a la luz de la Santísima Trinidad, nuestra capacidad de vivir en comunidad; para que, nos amemos como Dios nos ha amado”

16 Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.

Afirma la primera carta del apóstol Juan en el capítulo 4, versículo 8: “Dios es amor”. En este versículo 16 del evangelio de Juan que estamos leyendo se nos muestra a Dios, que es “amor”, amando. Dios ama, pero ama en demasía, porque nos dice “Dios amó tanto…”. Jesús lo muestra como una verdad irrefutable, para él es innegable ese amor rebosante de derroche que Dios tiene por el mundo, es decir, por nosotros. 

La manera de amar de Dios le lleva, como a todo aquel que ame de verdad, a “entregar”. ¿Y qué entrega Dios? Entrega lo más grande y más querido que tiene, entrega a su propio “Hijo único”. Dios dona su amor en el Hijo, con una intencionalidad que, fruto del amor, es totalmente generosa. Dios no saca nada para él de esta entrega, todo el bien que se produce por la entrega de Jesús es en beneficio nuestro. La entrega de Jesús produce vida, y Vida eterna. 

17 Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

Mientras sigamos viendo a Dios como un perverso burócrata escondido tras su escritorio siempre nuestra mirada tendrá el defecto de visualizarlo como un Dios que juzga. Lo imaginaremos como alguien que está al acecho de nuestras incapacidades y equivocaciones. Será el inspector que viene a ver si hemos realizado la tarea a tiempo y forma. Nada de esto está cerca de la realidad. Dios no anda cuidando los mínimos detalles de nuestras acciones, Dios anda recogiendo lo que dejamos tirado, arreglando lo que rompemos, casi como una madre con sus hijitos, nada más que Dios no pierde la paciencia. La salvación divina nos es entregada por Jesucristo y a través de él nos llega la Vida en abundancia, la Vida eterna.

18 El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Fíjese usted lo único que, podríamos decirlo así, Dios exige al ser humano: CREER. Y para los que siempre está mirando el pelo en la sopa, Dios exige creer porque, como decía san Agustín, “el Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, Dios no quiere monigotes ni títeres, quiere amigos, gente que tome decisiones con libertad, personas capaces de involucrarse con su propio destino, que en realidad es una promesa. Por eso la exigencia de la FE. Dios nos ha creado libres y así nos quiere. Si consentimos con la fe al mensaje de la revelación la salvación se hará realidad en nuestras vidas porque, como dice Jesús: “¡ha creído en el nombre del Hijo único de Dios!”.
“El hecho de que el Hijo ha sido enviado al mundo es lo que pone a todos los que oyen el mensaje en una situación de decisión de la que no pueden evadirse: tienen que optar entre la aceptación en la fe de la oferta de la salvación, o su rechazo”

sábado, 7 de junio de 2014

¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68


Evangelio Jn 20, 19-23
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.

Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.

Palabra del Señor.

“Recibir de Jesús el don del Espíritu Santo; para que, llenos de paz y alegría, podamos perdonar y ser perdonados”.

                                                           “reciban el espíritu santo”



19Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!".

El relato de hoy nos retrotrae al día de la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. La narración está ubicada “Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana”, es decir, la tarde del Domingo. El Domingo para nosotros, los cristianos, o por lo menos la inmensa mayoría de ellos (muchas denominaciones religiosas protestantes se reúnen en asamblea para realizar su culto de alabanza el día Sábado), es el día del Señor (del griego kyriaché eméra, que deriva al latín: dies dominicus, y de él al castellano: domingo). “El término califica al domingo como el día del Kyrios, día del Señor victorioso o, mejor, día memorial de la resurrección”[1]. Si queremos mantener vivas nuestras corrientes espirituales será necesario también vivir el DOMINGO como día privilegiado de encuentro con Jesús Resucitado y con los hermanos en la fe, a través de la asamblea cultual donde celebramos la Vida en Jesucristo al comer y beber su cuerpo y su sangre. En pocas palabras: vamos a Misa los días domingo, que más que un precepto que obliga es una necesidad que, satisfecha, da vida.

Pero había algo, en ese atardecer de domingo, que les pasaba a los discípulos… “estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos”… estaban encerrados en ellos mismos y todo por miedo. La experiencia frustrante y violenta de la pasión y muerte de Jesús los había atemorizado. El miedo se había enseñoreado en sus corazones y ahí viene Jesús, Señor de la historia y de la Vida, a recuperar su trono en el interior de cada ser humano. La definición de domingo, antes dada, adquiere aquí plenitud: El Kyrios, el Señor victorioso, está entre los discípulos para devolverles “el alma al cuerpo”. La inquietud de los discípulos, sus temores, sus miedos, son vencidos por Jesús que atraviesa las puertas y, sin ningún obstáculo, llega a encontrarse con los que ama. Ese grupo de hombres temerosos que se había juntado y encerrado en la casa, ahora se convierte en asamblea que celebra, que vence, que triunfa. Son victoriosos en la victoria de Jesús, el Señor victorioso.

Podríamos preguntarnos cuáles son nuestros miedos, nuestros temores, nuestros encierros. Podríamos tratar de ver todo eso que nos aísla de la vida, que nos margina, inclusive de nosotros mismos, y, con cantos de victoria (Sal 69, 31: así alabaré con cantos el nombre de Dios, y proclamaré su grandeza dando gracias; Sal 98, 4: Aclame al Señor toda la tierra, prorrumpan en cantos jubilosos; Sal 100, 2: sirvan al Señor con alegría, lleguen hasta él con cantos jubilosos; Sal 105, 43: e hizo salir a su pueblo con alegría, a sus elegidos, entre cantos de triunfo), aclamar al Señor que nos entrega su “PAZ”.

Cuando llega Jesús, se pone en medio de sus discípulos, es decir, asume el lugar central en la comunidad, y les entrega su PAZ. Jesús hace con los discípulos lo que dice el profeta Isaías en su libro: Mi pueblo habitará en un lugar de paz, en moradas seguras, en descansos tranquilos (Is 32, 18). La PAZ de Jesús trae SEGURIDAD y TRANQUILIDAD. También aquí podríamos preguntarnos qué es lo que no nos deja vivir en paz. ¿Por qué me siento inseguro? ¿Por qué no tengo tranquilidad? ¿Qué es lo que me lleva, desde afuera y desde adentro, a estar sin paz? Estas preguntas solo podremos responderlas si dejamos que Jesús, poniéndose en medio, nos de su PAZ y sea el centro de nuestras vidas.

20Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Ahora Jesús da testimonio de su muerte y resurrección. Les mostró sus manos y su costado… no significa para Jesús tener que presentar “credenciales”, como si mostrando sus heridas, casi como un “documento de identidad”, se creyera que él es el salvador. Nada de eso. Cuando Jesús muestra sus heridas no está buscando que se lo acepte, está compartiendo su vida con los discípulos. La consecuencia lógica a esta manifestación personal de Jesús es la alegría. Es como si los discípulos dijeran: ¡Ya no estamos huérfanos! El encuentro con Jesús les llena de alegría. El profeta Jeremías nos habla de algo similar cuando relata, en tiempo futuro, la alegría de aquellos que vivan en Sión: “Llegarán gritando de alegría a la altura de Sión, afluirán hacia los bienes del Señor, hacia el trigo, el vino nuevo y el aceite, hacia las crías de ovejas y de vacas. Sus almas serán como un jardín bien regado y no volverán a desfallecer. Entonces la joven danzará alegremente, los jóvenes y los viejos se regocijarán; yo cambiaré su duelo en alegría, los alegraré y los consolaré de su aflicción” (Jer 32, 12-13). Es la misma sensación… Jesús aparece vivo, compartiendo su vida de resucitado con los discípulos y llenándolos de alegría porque para ellos el “duelo” ya pasó, son “consolados” de su aflicción.

21Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes".

Esta PAZ que Jesús entrega tiene un sentido y un significado muy diverso al que el “mundo” le da. Veamos lo que nos dice Nicoló María Loss[2]:

La paz no se sitúa allá en el nivel político o simplemente exterior. Más aún, en este nivel prosigue la guerra en el tiempo (Mt 10, 34). El mismo Cristo asegura con claridad que “su paz” no elimina la tribulación que habrán de encontrar los suyos en el mundo; se trata de la paz que éstos encontrarán únicamente “en él” (Jn 16, 33). Es precisamente la paz que encierra dentro de sí la certidumbre perfecta de aquella salvación que es imposible alcanzar “en el mundo”, pero que obtiene su propia seguridad de la certeza misma de Dios, y que es tan grande que une la tierra (canto de los ángeles: Lc 2, 14) con el cielo (aclamación de los discípulos en la entrada de Jesús en Jerusalén, en donde Lc 19, 38 sustituye la exclamación hebrea “Hosanna en los cielos”, recogida en los otros evangelios, por la versión y paráfrasis griega “¡Paz en el cielo! ¡Viva Dios altísimo!”).

De un significado muy denso, como lo demuestran los textos, y de una extraordinaria eficacia está cargado el saludo “¡paz!” en labios de Jesús, que se recuerda varias veces en los evangelios: desde el “¡Vete en paz!” a la hemorroisa (Mc 5, 24 par) y a la mujer pecadora (Lc 7, 50) hasta la “¡paz a ustedes!” del Resucitado a los discípulos (Lc 24, 36; Jn 20, 19. 21. 26). … no es un deseo vacío, sino la proclamación y el ofrecimiento de un bien que es la paz mesiánica.

22Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo.

Cuando Jesús sopló sobre ellos, está realizando un gesto creacional. A imitación de Yahvé, que en Gén 2, 7 (Entonces el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento de vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente), da vida al ser humano, aquí Jesús recrea a sus discípulos, llamándolos de la muerte del miedo y el temor, de la muerte, de la soledad y el individualismo, de la muerte del rencor y el odio; a la vida de la gracia, a la vida de la seguridad en Cristo, a la vida de la comunidad que ama, cobija y perdona. Jesús es el Dios hecho carne (ver Jn 1, 14) que viene a recrear a los que creen en Él.

Después del soplo creador, del gesto, viene la explicación: “reciban el Espíritu Santo”, en forma sacramental (diríamos ahora, 2000 años después) Jesús entrega el don de la Vida, el don de Dios. Gestos y palabras (ver Dei Verbum 2) sirven al propósito de entregar la ruáh santa, el Espíritu Santo. El “viento” o “soplo” de Dios, es entregado por Jesús a sus discípulos. El gesto y la palabra se unen para dar sentido a la realidad: los recreados tienen el aliento divino que es el que les permite transformar y recrear el mundo.

23Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan".

El fruto del Espíritu Santo que inhabita en el creyente es la presencia real de la PAZ en el interior del ser humano. Esta paz lleva al perdón. Solo una persona que vive en paz consigo misma puede perdonar y vivir en paz con los demás.

El don del Espíritu Santo hará que estos hombres vivan en PAZ consigo mismos y con todos. De allí que sus miedos y temores serán vencidos, que se animarán a mostrarse capaces de perdonar como manifestación suprema del amor, y que, llenos del Espíritu Santo, serán los predicadores del Reino de PAZ que Jesús instaura con su muerte y resurrección.

Pentecostés es el tiempo de la alegría, de la paz, del perdón. Es el tiempo de la Iglesia que sale de sus miedos y se anima a llegar a cada casa, a cada hogar con la Palabra de Dios y el gesto del amor. Vivamos este Pentecostés con la plenitud con que o vivieron los apóstoles, dejando que la paz y del soplo (ruáj) de Dios se enseñoreen en nuestros corazones. Amén.